Realidad Esencial




REALIDAD ESENCIAL




Bienvenidos al blog donde investigaremos sobre la Realidad, sobre lo que realmente somos más allá de las apariencias e ilusiones, sobre la no-dualidad.

Lee las entradas con una mente abierta dejando que los contenidos te "resuenen", lo que no puedas aceptar, déjalo para más adelante. No se trata de creer nada, más bien, se trata de investigar por si mismo lo que nos apuntan los grandes maestros. La experiencia nos confirma que somos un potencial inmenso, infinito de amor, inteligencia y energía (en palabras del maestro Antonio Blay) a actualizar, a llevar a la acción…



Espero te sientas a gusto en este espacio creado con amor.

Juani


viernes, 28 de abril de 2017

¿Podrías Aceptar profundamente lo que hay aquí, justo en este momento?


¿Quieres una pareja perfecta? ¿Una madre o padre perfecto? ¿Un jefe perfecto? ¿Un cuerpo perfecto? ¿Sentimientos perfectos? ¿Una perfecta iluminación? ¿Una vida perfecta?
¿Qué te parece la idea de aceptar profundamente lo que hay aquí, justo en este momento? ¿Qué tal aceptar profundamente a los demás, tal y como son en este momento?
Cierto, parece un poco extraño. Suena un poco… contradictorio. Como darse por vencido. Como conformarse con menos de lo que uno se merece. Como… debilidad espiritual. Va en contra de toda esa mentalidad de “¡Ve y logra todo aquello que deseas!”.
Sí, estas enseñanzas acerca de la Presencia y del Estar Aquí y Ahora y de la Consciencia del Momento Presente podrían sonar un tanto simplistas, incluso ingenuas para la mente. Es muy fácil que se malinterpreten y que sean rechazadas. Después de todo, ¿quién querría renunciar a sus sueños del pasado y del futuro y enfrentarse a un momento misterioso? ¿Quién querría admitir la fragilidad y lo valioso de la vida, su naturaleza transitoria, su regalo agridulce? ¿Quién querría admitir su propia impotencia y reconocer su profunda humildad cósmica? ¿Quién querría morir al tiempo? ¿Quién querría renunciar a su idea de control? ¿Qué corazón podría asumir esa gracia? 
La verdad más profunda de la existencia es simple, aunque nunca simplista.

¿Aceptar “lo que es” es renunciar a la posibilidad de un cambio? No. Nunca.

¿Aceptar significa tolerar o “soportar”? ¿Significa obedecer ciegamente tus impulsos violentos? No, para nada.
¿Aceptar significa hacerse a un lado, volverse pasivo, hacerse de la vista gorda ante la violencia y permitir que pasen por encima de nosotros o de nuestros seres queridos? De ninguna manera.

¿Aceptar significa asumir un rol de vida diferente, el rol de una persona “sumamente espiritual”, “aceptando profundamente”, “una persona totalmente pacífica”? No. La aceptación no es un rol y no se trata de nada personal.

La profunda aceptación significa mirar a la vida de frente, en este momento. Significa poner atención a lo que hay aquí, en lugar de lo que no está presente. Significa dejar de lado las esperanzas y los sueños y despertar a lo que realmente es verdadero. Significa terminar la guerra, dejar de ver a través de la ilusión de un “yo” separado de este misterioso movimiento de vida. Significa alinearse completamente con las Cosas Tal y Como Son. Finalmente, significa estar en Casa, independientemente de lo que esté pasando. 
Esta es la gran paradoja, que en la aceptación profunda y sin concesiones del momento “imperfecto” viene el cambio, un cambio creativo e inteligente, sorprendentemente natural. ¡Qué perfección!
La mente nunca ha estado a cargo del cambio.
 - Jeff Foster (La Danza de la Nada)


domingo, 26 de marzo de 2017

Despertar del sueño

                                  Imagen relacionada
Mientras vivimos en el sueño de la identificación, nos valemos de los sentidos físicos para percibir de manera limitada lo Real.

Nuestra existencia se arma con recuerdos del pasado, experiencias que hemos tenido, deseos, temores… vivimos atrapados en el tiempo, sin permitirnos funcionar naturalmente, perdiéndonos valiosos mensajes de nuestro cuerpo por no estar atentos, en el presente, en el ahora.

Vivimos de una manera mecánica, condicionada, y todo lo complicamos actuando compulsivamente, de manera reactiva, y creemos que eso es la realidad.

Mientras estoy identificado con lo que creo ser, no puedo elegir las respuestas más adecuadas, saludables a la situación porque sale lo automático, lo impulsivo, lo mecánico, por la fuerza del condicionamiento; y es que el pasado está tiñendo el presente, proyectándose en un futuro ilusorio, supuestamente mejor…

Todo cambia cuando suelto el tiempo psicológico y me instalo en el presente, viviendo momento a momento, vigilando, observando lo que pasa en mi mente y soltándolo. Observando los mecanismos reactivos que se ponen en marcha ante los estímulos externos, dándome cuenta que sólo son programas con los que venimos funcionando durante muchos años…

Al despertar, expresamos en muestra vida los valores del ser surgiendo la acción de manera espontánea, inspirada (no teñida por las emociones y pensamientos que se mueven en la superficie) independientemente de lo que acontezca, en una actitud contemplativa.

El despertar nos lleva a mirar la verdad directamente, descubriendo la inteligencia, la belleza, la energía y el amor que soy, la Realidad, ese potencial en vías de actualización, atestiguando todo lo que acontece desde la conciencia.

Una vez descubierta la Verdad, debo mantenerme allí donde la he visto, si quiero que ilumine mi vida, como un faro que alumbra el camino del navegante en la oscuridad del océano.

Cuando me despisto, me distraigo, se trata de observar esa distracción y volver a la contemplación con una actitud amorosa, para ello debo de tener una vocación por vivir desde la verdad y estar “vigilante” para darme cuenta. Mantenerme atenta a la luz que soy en lo profundo.

Luego que se va haciendo el camino, ese estado de lucidez se mantiene sin esfuerzo, lo mantiene la luz, y, al estar despierta, más lucidez, paz, alegría, espontaneidad y amor sin causa sentiré.

Para despertar a la Verdad es imprescindible hacer silencio de lo pensado, sentido, soñado, imaginado; un camino de soledad y silencio hacia el sí mismo, adentrándose en la aventura del descubrir.

Lo que nos separa de la Realidad es la mente entretenida con sus imaginaciones y sueños, se trata entonces de “girar” la mente y mirar hacia adentro, hacia la luz, y a partir de esa mirada despierta, el amor surge espontáneo inevitablemente.

                                                                                   www.centroelim.org

domingo, 22 de enero de 2017

Sobre el vivir centrada



"Si estoy centrada, puedo "convivir" con las diferencias del otro, pues en el Centro veo que somos lo mismo, en mi centro estoy yo y el otro y todo el universo.

Es cuando me despisto, me des-centro que me molestan las diferencias que se muestran en la personalidad, todo cambia cuando vuelvo a mi centro, desde allí puedo ver con claridad el funcionamiento de mi "personaje" y el funcionamiento del "personaje" del otro, y es todo como un "juego", o como "una obra de teatro", donde cada cual desempeña "su papel", "su personaje", y desde el Centro me doy cuenta que la "obra" es perfecta, y que no afecta en nada a esa profundidad que soy; puedo, en la superficie, cambiar lo que quiera para que "la personalidad" se desempeñe mejor, pero lo que cambie afuera, no modifica para nada mi Centro, mi Esencia. 
Desde allí, desde esa profundidad que soy, ese Centro, brota todo lo que soy, el amor, la lucidez, la energía, todas las cualidades básicas salen de allí y se expresan en el mundo por medio de mis vehículos: cuerpo, mente, emociones.

En la medida que voy limpiando los "programas" que ya no me sirven, instalados en la niñez y alimentados posteriormente mediante la repetición automática (miedo, inseguridad, ira, dependencia emocional, etc), se va trasluciendo más ese fondo, se va limpiando el camino para que el Ser, el Centro, se exprese sin distorsiones en mi vida diaria concreta. 

El descubrir mi Centro, mi Esencia, ha sido una real solución a mis problemas: experimentar que hay algo en mí que no es afectado por nada, ni por nadie y que es la fuente de donde surge todo, que es una fuente inagotable de amor, de inteligencia, de energía, donde puedo "descansar", desde donde puedo observar la vida sin juicios, sin dependencias, sin contrariedades, sin expectativas....

Cada vez que mi personalidad está "movida" por los vientos de la vida, observo desde el Centro; cada vez que me despisto con alguna situación externa o interna que despierta alguna "sombra" , me Centro, porque es Centrada como puedo vivir esa situación, por dolorosa que sea, respirándola, observándola, llorándola, comprendiéndola y aceptándola, en definitiva Sanándola. 

También las situaciones agradables intento vivirlas centrada, para recordar que “todo pasa” y no aferrarme a nada. Y todo este movimiento en la superficie no afecta a mi Centro (como las olas en la superficie no afectan el fondo del océano).

El secreto de una vida plena, serena, armoniosa, pacífica, a pesar de cualquier situación que esté atravesando, aunque la personalidad esté confundida y no sepa como "salir del embrollo", mas allá de estar bien o mal en la superficie (porque en definitiva, todo es pasajero, transitorio) es Centrarme, vivir cada vez más y más en mi Centro (Ser, Observador, Esencia), en la vida diaria, tanto en la actividad, como en el reposo, tanto si estoy sola como acompañada, mediante el estar atenta y cuando me doy cuenta que me vuelvo a despistar, vuelvo al Centro. 

Esto tiene grandes repercusiones a mi alrededor, cuanto más vivo desde ese nivel más fácil me es conectar con el otro, comprender al otro, acompañar al otro....todo fluye cuando estoy centrada, y me doy cuenta que "no hay nada que hacer", en ese nivel "todo sale solo". 

Cuando me despisto, toda esa "magia" desaparece momentáneamente y me identifico con lo que le pasa a mi personalidad, con todas sus consecuencias de placer/dolor.....vuelvo a centrarme y es como si "cambiara el color de las gafas"!!!! " 
                                                                                                             2009- Juani





domingo, 8 de enero de 2017

Un autentico Amor desde adentro

No esperes una razón para amar.
No esperes el cuerpo perfecto, o los pensamientos perfectos, o el compañero perfecto, o el éxito perfecto, o el momento perfecto.
No estás buscando la ‘vida perfecta’, sino el abrazo perfecto a esta vida imperfecta, el abrazo a la presencia misma, el amor incondicional de esta historia de ‘mí’ sin resolver que nunca parece ir como lo planeaste, por lo menos no por mucho tiempo.
¡A veces las cosas parecen ir de lo mejor! Estás manifestando espléndidamente, tu vibración es alta, tu sueño está intacto.
Luego, un visitante inesperado irrumpe. Algo falla y se sale de lo que estaba planeado. Llega un diagnóstico. Una certeza se hace añicos. Un tropiezo o una caída. Un viejo sentimiento regresa, un temor, una duda, una sensación de haber sido abandonado por algo que jamás debió abandonarte.
La narrativa de ‘mi vida maravillosa’ se convierte en aire. Y te quedas con la vida en carne viva, una vez más. Sin protección, una vez más. Sin respuestas, una vez más. Sentimientos de fracaso, vergüenza; sin saber cómo vivir.

¿Ninguna razón para amar?
¡No, una razón para amar aún más profundamente!
Para acogerte a ti mismo en un abrazo mucho más profundo.
Para ponerte cara a cara con el decepcionado, con el abandonado, con el avergonzado, con el que se le ha roto el corazón.
Para mantenerlos cerca de ti, en la calidez de la presencia.
Para estar aquí y escuchar el canto de los pájaros, para acariciar la mañana mientras va surgiendo.
Para sentir el porrazo y la presión y el jaleo de la vida, donde estás, como estás, sin esperar.

No te has abandonado a ti mismo. Y esto lo cambia todo, incluso mientras todo cambia. Eres sumamente estable, aquí en el ojo del huracán, inquebrantable mientras todo se viene abajo.
Sé ese abrazo, nunca esperando amor, sino amando, incluso cuando te sientas rechazado o no amado.
Esto romperá el ciclo de abandono de una vez por todas. Y todo el dinero del mundo, todo el éxito, toda la fama, todas las respuestas, todas las ‘validaciones’ o ‘perfecciones’ externas no podrán tocar este amor divino.
Es tan puro, tan libre, tan auténtico. Es tú, ya no impulsado por el miedo.
- Jeff Foster


martes, 1 de noviembre de 2016

La Realidad de Conciencia




“La realidad de conciencia es la base de los estados mentales, es la observación de los cambios, de todo surgimiento y crecimiento, desarrollo y consecuente decadencia, de todo lo que se construye y se destruye. El universo se muestra como un espejo del propio movimiento del si mismo como conciencia reflejada. Y esta comprensión silenciosa, libre de la idea de estar comprendiendo, es pura plenitud que llena el vacío producido por la ausencia de ego.”

Llegar a esa Luz pura, a ese ser prístino, a esa conciencia limpia y clara, y permanecer en Ella sin fluctuaciones, es el fin supremo de toda meditación, de todo Yoga. Alcanzar la purificación de aquella mente para dejar al Yo reluciente de un único brillo, no es cuestión de logros o quehaceres. No es lo que hagamos sino lo que dejemos de hacer lo que va a liberarnos finalmente.

Sólo la meditación constante nos limpiará poco a poco de la escoria del tiempo. En la hoguera de la contemplación la mente se desintoxica de tendencias latentes y predisposiciones acumuladas, no para lograr nada nuevo, nada que no tengamos ya, sino para recuperar nuestro estado natural, nuestra libertad perdida y olvidada.

El Yoga puede resultar muy útil para quienes no tiene otro modo de aquietar su mente, pero al igual que a otros métodos, se lo debe encarar como un medio y no como un fin en sí mismo.

La práctica de cualquier índole, sólo se justifica como método de autoconocimiento. Si se realiza con cualquier otro fin se constituirá más adelante en otro obstáculo a superar y trascender.

Siempre con humildad y entrega desinteresada tenemos que apuntar a trascender el yoga y la práctica para no quedar enredados en ella como otro estado limitante, como un nuevo agregado o condicionamiento.

Sólo morar en el Yo, permanecer lo más posible en ese estado, más allá de las horas de práctica, nos hará retornar poco a poco a nuestra naturaleza original, a la pureza mental, a la total transparencia, a la mayor apertura, a la única felicidad, a la absoluta identidad... Brahman... Dios mismo.

Nisargadatha

sábado, 30 de julio de 2016

La verdadera Aceptación


Comprender que nada exterior a nosotros provoca en realidad nuestro sufrimiento es la clave de una increíble libertad. Las circunstancias nunca pueden ser realmente la causa de nuestro sufrimiento; es siempre la respuesta que damos a las circunstancias la que nos hace sufrir. 

Sufrimos solo cuando buscamos la forma de escapar de ciertos aspectos de nuestra experiencia presente y, al hacerlo, nos separamos de la vida y entramos en guerra con nosotros mismos y con los demás —a veces de manera obvia y a veces de manera muy sutil-

Nuestro sufrimiento tiene sus raíces en la negativa a sentir lo que sentimos, a experimentar lo que experimentamos ahora mismo. El sufrimiento es inherente a nuestra guerra con la vida tal como es, inherente a la ceguera que nos impide ver que todo lo que sucede en el momento está siempre aceptado, en el sentido más profundo. 

Existe mucha confusión en torno a la palabra «aceptación»

Aceptación no significa que deberíamos renunciar a toda tentativa de impedir que suceda aquello que no deseamos —como si eso fuera posible—. No estoy diciendo que deberíamos sentarnos tranquilamente y dejar que todo ocurra si podemos hacer algo al respecto. 

Nadie quiere que enfermen sus seres queridos, nadie quiere perder todos sus bienes o tener un accidente de coche, nadie quiere que su pareja le deje de improviso, ni que le agredan físicamente, pero son cosas que pasan.

La vida no siempre se ajusta a nuestros planes. Incluso cuando tenemos la mejor de las intenciones; incluso cuando hacemos planes con la base mis solida posible, apelamos al pensamiento positivo, practicamos la oración e intentamos de buena fe manifestar nuestro destino; incluso cuando seguimos un camino espiritual y trabajamos en nuestra evolución, ocurren cosas que no habríamos elegido que ocurrieran, y se hace patente, una y otra vez, que, en última instancia, no tenemos control sobre esto a lo que llamamos vida. Incluso las personas a las que se ha considerado más iluminadas han terminado en una cama de hospital, con dolores terribles a causa de un tumor, pidiendo más morfina.

Lo que trato de decir es que, si queremos ser verdaderamente libres, debemos hacer frente a esta realidad con los ojos bien abiertos. Debemos dejar de engañarnos, debemos apartarnos de las ensoñaciones y la esperanza, y decir la verdad sobre la vida tal como es. 

La gran libertad reside en admitir la verdad de este momento, por mucho que choque con nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros planes. Lo que intento que entiendas es que, en definitiva, la propia realidad —no lo que nosotros pensamos sobre ella— es la que manda. 

Aceptación significa ver la realidad, ver las cosas como son realmente, y no como esperamos o deseamos que sean. Y, desde ese lugar de alineamiento total con lo que es, toda acción creativa, afable e inteligente fluye con naturalidad. 

Juzgamos la vida constantemente. Suceden cosas, y a continuación las aprobamos o las desaprobamos. Las aceptamos o las rechazamos. Decimos: «No debería haber sucedido esto». Decimos: «La vida es mala», «La vida es buena», «La vida no tiene sentido» o «La vida es cruel». Decimos: «La vida siempre se porta bien conmigo» o: «La vida nunca me da lo que quiero».

Pero la vida en sí llega antes que todas las etiquetas que le pongamos; llega antes que todos nuestros juicios sobre ella. La vida no puede ser buena ni mala. La vida es simplemente la vida, que toma la apariencia de todo cuanto hay, de lo que llamamos positivo y de lo que llamamos negativo.

La vida «hace que el sol brille sobre los buenos y los malos por igual», como dice la Biblia. La vida hace que el sol brille, y la vida es el sol que brilla y todo aquello sobre lo que brilla el sol, incluido aquello sobre lo que preferiríamos que el sol no brillara.

Desde un lugar de profunda aceptación de la manera en que son las cosas —por haber visto la perfección inherente a la vida en sí—, seguimos siendo totalmente libres de hacer lo que sintamos el impulso de hacer: de ayudar a cambiar las cosas, a hacer del mundo un lugar más humano.

La diferencia estriba en que nuestras acciones ya no provendrán de la suposición básica de que la realidad está estropeada y es necesario arreglarla, y, por debajo de eso, de la suposición de que cada uno de nosotros está separado de la vida. Cualquier movimiento que proceda del supuesto de que la vida es defectuosa no hará sino perpetuar la enfermedad que promete curar.

El despertar no es el final del compromiso con la vida...; es solo el principio. 

Paradójicamente, cuando comprendemos lo perfecta que es la vida, cómo todo sucede exactamente cómo ha de suceder, nos sentimos más libres que nunca de salir al mundo y cambiar las cosas para mejor. Al ver lo perfecto que es alguien exactamente como es, eres más libre que nunca de ayudarle a ver con claridad lo que a sus ojos es imperfección. Tu acción ya no proviene del supuesto básico de que esa persona es una entidad defectuosa que es necesario reparar; ves que ya es un ser íntegro y, desde las profundidades de esa comprensión, le señalas el camino de vuelta a su integridad inherente. 

Enraizado en la integridad, eres libre de participar plenamente en la danza de la separación aparente. 

Cuando ya no intentas arreglar la vida, quizá puedas serle de gran ayuda a la vida. Cuando ya no intentas arreglar a los demás, quizá puedas ser para ellos una gran bendición. Tal vez la verdadera sanación se produce cuando dejas de interferir. 

Posiblemente lo que la vida necesite más que ninguna otra cosa sean personas que ya no ven problemas, sino que ven la inseparabilidad de sí mismos y el mundo, y que se implican plenamente en el mundo desde ese lugar de la más profunda aceptación. La más profunda aceptación de las cosas tal como son y el compromiso valiente con la vida son uno, por muy paradójico que le suene a la mente racional.
 J. Foster