Realidad Esencial




REALIDAD ESENCIAL




Bienvenidos al blog donde investigaremos sobre la Realidad, sobre lo que realmente somos más allá de las apariencias e ilusiones, sobre la no-dualidad.

Lee las entradas con una mente abierta dejando que los contenidos te "resuenen", lo que no puedas aceptar, déjalo para más adelante. No se trata de creer nada, más bien, se trata de investigar por si mismo lo que nos apuntan los grandes maestros. La experiencia nos confirma que somos un potencial inmenso, infinito de amor, inteligencia y energía (en palabras del maestro Antonio Blay) a actualizar, a llevar a la acción…



Espero te sientas a gusto en este espacio creado con amor.

Juani


domingo, 15 de mayo de 2022

Para vivir la Realidad

 

Despertar quiere decir dejar de vivir en el mundo mental y vivir en la Realidad, en el momento Presente, en lo que está sucediendo aquí y ahora. Despierto quedan todos los juicios en suspenso, el entorno no nos presiona, ni nos invade y nos damos cuenta de que somos la vida en expresión.


Cuando empezamos a despertar, esa experiencia es breve y no se puede mantener, pero nos habrá marcado por su autenticidad y por ser una experiencia real y vívida del lugar hacia el que nos dirigimos. Hay que hacer todo un proceso para estabilizar dicha experiencia.

1- Darse cuenta que uno está dormido y despertar aunque sea por unos momentos, para luego trabajar en esa dirección.

2- Descubrir el error, el personaje, el ego, los mecanismos aprendidos mediante los que funcionamos, para trascenderlos.

3- Reequilibrar y expresar el yo-experiencia, para dejar de vivir en el yo mental o personaje y vivir la Realidad.

4- Paralelamente al trabajo anterior, realizar la limpieza del inconsciente.




¿Para qué hacer limpieza en el inconsciente?


Para ser capaces de vivir el momento presente, sin arrastrar temas del pasado, estar lo suficientemente libres para vivir el aquí y el ahora, sin lastres que influyan en nuestra conducta.

Lo mismo nos esclaviza un pasado doloroso que uno glorioso, por lo que es fundamental limpiar el inconsciente paralelamente a fortalecer el yo experiencia (dejar de vivir en el yo mental o personaje para vivir la realidad, el yo experiencia.

Lo que hemos desarrollado menos es lo que nos hace sufrir, así que es eso lo que hay que trabajar más, pero siempre en los tres ejes (energético, afectivo e inteligencia). Cuando los tres centros estén desarrollados adecuadamente, no necesitaremos manipular el afuera para cubrir nuestras carencias, sino que, veremos la oportunidad en cada momento de expresar lo que somos, las capacidades que tenemos.

Equilibrar el yo experiencia (ego sano) es madurar como personas adultas. El objetivo del yo experiencia es conseguir que en cada situación, los pensamientos, emociones y acciones sean lo más adecuado en aquel momento.

Cada momento es único, por lo que debemos estar bien despiertos para actuar dando la respuesta más adecuada a ese momento, actuar y expresarnos libremente en cada situación, más allá de lo mecánico.

“Yo solamente puedo hacer aquello a lo que me siento llamado a hacer, cualquier otra cosa, sería una traición contra mi propia persona.” Solo cuando nos experimentamos tal y como somos, obtenemos la propia felicidad y plenitud, por lo que el autoconocimiento nos hace “libre” internamente.

El inconsciente es nuestro aliado, ya que es parte de nosotros mismos y busca nuestro bien, pero ese bien no es el mismo a los 4 o 5 años que a los 40 y, aunque los años han pasado, el inconsciente es atemporal y sigue con las mismas normas, que ya no nos son útiles, por lo que habrá que cambiarle las normas y explicarle claramente y él nos prestará su apoyo.

Por otro lado, el inconsciente es como una caja o un baúl donde guardamos todo lo que no queríamos ver, nos asustaba o queríamos ignorar, por lo cual, dentro de él, hay cosas que considerábamos “terribles” de nuestra infancia y de nuestra adolescencia, que cuando las miramos ahora, parecen tonterías.

Además nuestro inconsciente no nos mostrará nada que no podamos sortear sin problemas, por lo que no debemos temer, el inconsciente está deseoso de liberarse de todo ese peso inútil.


La limpieza ha de ser en los tres niveles:

- Limpieza del inconsciente energético para recuperar nuestra fuerza, energía, espontaneidad, sexualidad.

- Limpieza del inconsciente emocional para estar más cerca interiormente de las personas y amarlas.

- Limpieza del inconsciente intelectual, para soltar las creencias impuestas, la rigidez mental.



Todo lo que hemos acumulado, nos pesa y nos impide despegar. Al limpiar esa carga retenida, la energía del inconsciente se une a la de la parte consciente y nos vivimos con más energía, logrando una adultez equilibrada, una normalización del ser humano, para poder trascenderla hacia los niveles superiores, y dejar que se trasluzca la Realidad que somos.

Apuntes tomados de A. Blay

martes, 10 de mayo de 2022

La noche oscura del alma


Muchos místicos, en su camino para encontrarse con Dios, se han referido a un periodo de confusión, tristeza, miedo y soledad al que han denominado «la noche oscura del alma». Muchos de nosotros, aunque no seamos místicos, sí que tenemos la experiencia de que, cuando queremos abandonar ese espacio al que hemos llamado «identidad», entramos en otro que está lleno de dudas y confusión. En este nuevo espacio, que también se llama de «hundimiento», el ser humano se siente perdido y le cuesta pensar con claridad. Todo a su alrededor se ve cubierto por la niebla y ya no sabe hacia dónde va. Emociones como la ansiedad, el miedo o la desesperanza hacen su aparición.

La mente enjuiciadora, que lo único que pretende es que, como una oveja, volvamos al redil, empieza a acribillarnos con interpretaciones y valoraciones que a lo único que nos invitan es a dejar de seguir explorando y a volver a nuestro punto de partida, de donde tal vez pensemos que nunca teníamos que haber salido. Es una llamada a la resignación, al conformismo, a creer que la transformación personal sólo es una bella utopía.

Hay que estar muy alerta cuando uno empieza a experimentar esa noche oscura, porque en realidad lo que está ocurriendo es justo lo contrario de lo que parece. Si abandonamos en este momento, si nos dejamos conducir una vez más por nuestras emociones, entonces sí que perderemos gran parte de lo que habíamos ganado atreviéndonos a salir de nuestra zona de confort.

Cuando nos sentimos confusos y perdidos es porque estamos a punto de hacer un descubrimiento, de tener una revelación, ya que tras esa área de oscuridad y hundimiento se encuentra el área de descubrimiento, el espacio donde uno empieza a comprender en hondura ciertas cosas. Es el lugar desde donde se despliega nuestra creatividad y encontramos nuevos caminos para acceder a aquello que previamente, cuando estábamos en nuestra zona de confort, se nos resistía.

No sólo hay que tener un verdadero corazón de guerrero para adentrarse fuera del área de confort, sino que hay que tener ese mismo corazón para seguir avanzando en medio de la confusión y la oscuridad. Mantener el coraje, la confianza y la certeza absoluta de que algo valioso, aunque no lo veamos, está aflorando dentro de nosotros, es esencial.

Nuestra consciencia está despertando, pero nuestra mente intelectual y racional, que depende de nuestro ego, no sabe qué es lo que está ocurriendo, pero sea lo que sea, de alguna manera amenaza su existencia. Es normal esta reacción de nuestra identidad, de nuestro ego, ya que cuando se produzca el verdadero despertar de la consciencia, el ego no morirá, sino que sencillamente empezará a desvanecerse. Será algo así como la oscuridad desvaneciéndose en presencia de la luz.

Si nos sentimos mal cuando estamos en medio de nuestra noche oscura, no es porque estemos mal, sino porque, como estamos acostumbrados a creer que somos nuestra identidad, nuestro ego, las emociones de la identidad que está siendo transformada las experimentamos en nosotros mismos.

De la misma manera en la que el gusano en la fase de crisálida tenía que ser digerido por sus propias enzimas proteolíticas para poder ser transformado en mariposa, también nuestra identidad ha de ser digerida para que surja una nueva presencia mucho más en línea de quienes somos en realidad-

Resistirnos a estas emociones que estamos experimentando es justo lo contrario de lo que hemos de hacer, ya que resistirse es rechazar, oponerse a aquello que en realidad más necesitamos.

Abrazar estas emociones incómodas no es razonable y, sin embargo, desde la perspectiva de una consciencia más elevada, es justo lo que necesitamos hacer si queremos crecer y evolucionar como personas. Es en estos momentos en los que tenemos que tener la firmeza de seguir adelante, de aceptar nuestro sentir y de abrirnos a experimentarlo completamente, rindiéndonos por completo al proceso sanador que tanto necesitamos.

En estos momentos de dolor e, incluso, de amargura pueden existir unas gotas de alegría y entusiasmo al comprender que tras la confusión viene la claridad y que después de la noche más oscura aparece el más bello amanecer. Si conseguimos salir de ese espejismo creado por unas emociones que lamentablemente están la mayor parte de las veces al servicio de nuestra estrecha identidad y de nuestra más que limitada consciencia, nos daremos cuenta de que, cuando nuestra consciencia deja de identificarse con nuestra identidad, con esa definición que hemos hecho de nosotros mismos, accedemos de manera inmediata a nuevas posibilidades para nosotros y nuestras vidas.

Unas posibilidades que antes permanecían ocultas. Es algo así como contemplar las cosas desde un lugar más elevado, con lo cual vemos lo que no se puede ver a ras del suelo.

La búsqueda de uno mismo, de quién se es en realidad, es siempre un acto de heroicidad que implica aprender a superarse a sí mismo una y otra vez, para poco a poco ir expandiendo los límites de la propia identidad. Sólo de esta manera podemos llegar a descubrir lo extraordinario en lo ordinario.

El propio Einstein decía que «en la vida o nada es un milagro o todo es un milagro». Hay dimensiones ocultas de la realidad que sólo se manifestarán una vez que hayamos superado nuestra oscura noche del alma. Nuestros sentidos podrán captar elementos de esa realidad que previamente quedaban tapados por nuestra mente enjuiciadora.

«En el momento en el que nos sentimos perdidos, confusos y frustrados, es esencial que colaboremos conscientemente con el proceso de transformación.»

Es el momento de recordar aquellas palabras que pronunció Nelson Mandela y que escribió Marianne Williamson, en las que decía que el hombre no tiene miedo a su oscuridad, sino a su luz. En el momento en el que nos sentimos perdidos, confusos y frustrados, es esencial que colaboremos conscientemente con el proceso de transformación, y para ello hay varias cosas que podemos hacer, porque todas ellas tienen un impacto en nuestras emociones.

· Mantengamos una postura y unos gestos que transmitan que estamos experimentando un proceso victorioso y no una derrota. Los hombros caídos, la espalda encogida y el pecho retraído son leídos por el cerebro como si algo fuera mal y refuerzan las emociones disfuncionales. Lo mismo ocurre con las caras tristes y el tono de voz apagado. Movámonos con vitalidad, hablemos con entusiasmo y transmitamos pasión en nuestra mirada.

· Durmamos al menos siete horas diarias porque, durante el sueño, el inconsciente sigue trabajando para sacar a la luz lo que ha de salir.

· Procuremos comer con moderación y hagamos cenas ligeras.

· Rompamos el hábito sedentario y hagamos ejercicio físico al menos cinco días a la semana, durante media hora cada día. El ejercicio físico tiene, como ya hemos visto, la capacidad de reducir muchas de nuestras emociones disfuncionales.

· Practiquemos la meditación mindfulness durante diez minutos dos veces al día, hasta llegar poco a poco a veinte minutos dos veces al día.

· Valoremos lo que nos está sucediendo como una gran oportunidad para nuestro crecimiento y evolución.

· No perdamos el tiempo haciéndonos preguntas como: «¿Por qué me siento tan mal?», «¿Qué puedo hacer para sentirme mejor?», «¿Cuál es el origen de lo que siento?». Estas preguntas son una trampa para que lleve mi atención a las emociones y siga atrapado por ellas. 

Preguntas distintas, como: «¿Qué hay de estupendo en lo que me está pasando?», «¿Cómo puedo colaborar aún más en mi proceso de transformación?» o «¿Qué es lo extraordinario que voy a descubrir?» hacen que nuestra atención se posicione en la búsqueda del camino de salida y no se quede envuelta en una serie de disquisiciones que no llevan a ningún sitio y que lo único que hacen es mantenernos atrapados.

Cualquier proceso de transformación lleva un tiempo diferente en cada ser humano y sucede cuando menos lo esperamos. Lo único que podemos hacer es allanar el camino y esperar victoria. Es así como obtendremos victoria.

Si queremos experimentar mayor energía y vitalidad, hemos de tener presentes todas nuestras dimensiones, la cognitiva, la emocional, la corporal y la espiritual, porque todas ellas están interconectadas.

Cuando nos damos cuenta de que en realidad somos el espectador que contempla la película, entonces nos estamos identificando con nuestra verdadera esencia, con lo que somos en realidad.

Éste es el plano del ser: hemos trascendido el personaje y nos hemos encontrado con nuestra verdadera naturaleza que es espiritual. Es esta distancia del drama lo que le permite mantener una serenidad y una ecuanimidad sea lo que sea lo que ve en la pantalla. Por eso, hay personas que ante las circunstancias más duras no pierden ni su equilibrio ni su paz interior.


Cuando uno despierta a lo que es su verdadera identidad, su verdadera naturaleza, se abren múltiples posibilidades:

- Desde esta dimensión, se experimenta el dolor, pero no el sufrimiento. Hay dolor cuando hay una pérdida, pero no se piensa reiteradamente en una cosa hasta que le arruina a uno la vida.

- Hay un desapego emocional que significa lo siguiente: uno puede experimentar la emoción, pero sin quedar atrapado en ella.

- Hay una percepción diferente de la realidad y se ven muchas cosas que antes no se veían y se oyen cosas que antes no se podían oír.

- Se ve la profunda interconexión de todo con todo y desaparece la ilusión de separación. De alguna manera descubro que el daño que hago a otros se vuelve contra mí, y que el daño que hago a la Tierra, me lo estoy haciendo a mí mismo.

- Se da un paso más allá de lo que Einstein mostró. En la nueva Tierra desaparece la ilusión del tiempo y sólo existe un presente continuo, sólo está el aquí y ahora.

- Existe una sensación de paz y de serenidad imperturbable, incluso cuando en el plano de la identidad se estén experimentando unas circunstancias muy duras.

- Existe libertad de elegir, porque uno ha trascendido sus hábitos, sus reacciones automáticas, sus automatismos, sus patrones habituales de respuesta.

- Se tiene la claridad para comprender el sufrimiento que acarrea vivir atrapado en el plano de la identidad y, por eso, existe no sólo una profunda compasión, es decir, una comprensión del sufrimiento de los demás y del origen de su conducta, sino que se alcanza una capacidad de perdón que no se puede lograr desde el plano de la identidad.

- No existe lenguaje. Es por eso que los que han experimentado destellos de esta nueva Tierra o viven de forma habitual en ella, pueden orientar, explicar y describir, pero no pueden transmitir por medio del lenguaje la experiencia de estar allí.

- Se experimenta el amor incondicional, porque desde este ángulo sólo se percibe la belleza en los otros, aunque se comprenda que en el plano de la identidad esta belleza se encuentra muchas veces tapada por capas de fealdad.

- No existen las formas y, sin embargo, se tiene acceso a la capacidad de crear y manifestar todo tipo de formas en ese plano de la realidad en el que se mueve nuestra identidad.

- Hay un nivel extraordinario de inteligencia y de sabiduría y, por eso, existe un nivel de claridad incomprensible e inaccesible desde el plano de la identidad.

Cuando una persona deja de identificarse plenamente con su mente, con sus pensamientos, juicios, valoraciones y emociones, comprende que es algo más, mucho más que sus ideas y sus opiniones. Entonces empieza a comprender qué es lo que hay detrás de la expresión «yo soy».

Dr. Mario Puig

domingo, 27 de marzo de 2022

El Despertar

 

En el Despertar verdadero, no hay liberación ni prisión. Estás despierto cuando tomas consciencia del aire, de los ruidos, de los olores, de la luminosidad de la habitación, de los movimientos de la mente, del silencio interior, de las sensaciones corporales. Percibes todo este conjunto de fenómenos que recorres delante del eterno vacío y el silencio de tu esencia inmaterial.

No hay prisión, no hay liberación. Eres lo que has sido siempre, la Conciencia eterna, sin forma, vacía de contenido, sin límite, presente por doquier, eternamente inactiva, sin comienzo ni fin, más allá del tiempo y del espacio, espectadora, y no te has convertido en eso en un momento u otro, eso lo has sido siempre.

Para hablar de liberación, es preciso haber perdido el Despertar, es preciso haber entrado en arabescos y las concepciones de la mente. Es en la mente, solamente en ella, donde se encuentran las nociones de realización, liberación, prisión, ignorancia y conocimiento.

Cuando despiertas, ves “eso” que llena el instante, “eso” es extraordinario e indescriptible. Percibes la inmutable interioridad trascendente que engloba la exterioridad y contiene el movimiento fenoménico.

De ello resulta una plenitud que no excluye nada y dentro de la cual ninguna formulación mental relativa a la liberación o a la prisión tiene cabida.

Despertarse para obtener beatitud es totalmente erróneo. El hombre sufre, se le dice que en el Despertar hay beatitud y he aquí que se interesa por el Despertar…

Todas las falsas espiritualidades están basadas sobre la promesa de algo que obtener aquí abajo o en el más allá.

En verdad, por el Despertar descubres la presencia inmutable, esta presencia que es la Consciencia percibiendo el instante mismo, se encuentra más allá de los sufrimientos y de los gozos, que se manifiestan como fenómenos percibidos.


La serenidad inmutable de esta presencia intemporal, contiene una plenitud totalmente diferente de los gozos y de las penas experimentadas por los hombres. Esta plenitud, esta serenidad, es una beatitud eterna.

Sin embargo, el Despertar no excluye el sufrimiento. El sufrimiento forma parte del mundo del mismo modo que el gozo, y el Despertar no es un retiro fuera de lo que existe. Es, al contrario, la total aprehensión de lo que es.

En la percepción del Despertar, el sufrimiento humano está incluido. De este modo, el Despertar no es una huida del dolor. ¡Descubrir la beatitud del Despertar, no significa que el sufrimiento desaparezca cuando una astilla se mete en tu ojo! Aquellos que quieren escapar del sufrimiento pueden llegar a abstraerse de él más o menos perfectamente, cultivando la insensibilidad, la abstracción sensorial o concentrándose fuertemente en otra cosa. Pero ello no tiene nada que ver con el Despertar.

Estar despierto es estar plenamente atento tanto al gozo como al sufrimiento. Y en esta atención total, dejar de estar prisionero en ellos.

Cuando amanece, es el momento de estar atento a la belleza de la mañana. Durante la actividad de la jornada, es el momento de estar atento a todos nuestros trabajos.

Cuando llega la paz de la noche es el momento de estar atento al dulzor de la disolución nocturna.

Cuando llega el sueño es el momento de estar atento para entrar en él con toda consciencia, dejando pasar las fantasmagorías oníricas y sumergiéndose en la gloriosa vacuidad del sueño profundo.

En el reencuentro con el ser amado, en su agonía en la cual tenemos su mano en la nuestra, en la belleza del reencuentro y en la belleza de su partida hacia la muerte. Es el momento de estar atento.

En los esplendores de la naturaleza y en la grisura de las ciudades es el momento de estar atento, sin preferencias y sin rechazo.

Toda preferencia y todo rechazo es una pérdida de la atención total. Es la entrada en el edificio de las consideraciones mentales, en los inútiles laberintos del pensamiento.

Sin embargo, no caigamos en la trampa contraria, no rechacemos el pensamiento. Rechazar el pensamiento es cometer el error de un esfuerzo mental negativo.

Cuando aparece una consideración, un juicio de valor, en nuestro Despertar, lo consideramos con una lucidez objetiva. Los tomamos por lo que son realmente. Son unos simples fenómenos mentales que vemos aparecer y desaparecer después. Pretender ignorar un fenómeno es tan estúpido como querer cultivarlo. Dejemos pasar los fenómenos psicológicos.

El Despertar exige que permanezcamos atentos; atentos a todo lo que pasa y a lo inmutable que permanece detrás de lo que pasa.

El Despertar no persigue alcanzar nada y porque no busca nada que obtener, no excluye nada. El Despertar auténtico da la espalda a los que buscan el sufrimiento en el ascetismo y a los que buscan el gozo; consiste en permanecer atento y lúcido en el gozo y en el sufrimiento; en permanecer atento a cada instante en tanto que Consciencia inmaterial.

El Despertar consiste en vivir, a partir del punto de vista de la Consciencia; en permanecer en tanto que Consciencia y en percibir al hombre, sus pensamientos, sus sentimientos y sus sensaciones en tanto que Consciencia inmaterial no limitada al cuerpo. Consciencia indiferente.

Que el hombre evite espontáneamente el sufrimiento, que se cure cuando está enfermo y que retire su mano de un objeto caliente, forma parte del orden de las cosas. Ello implica el funcionamiento normal del cuerpo humano, pero no tiene nada que ver con el Despertar. El hombre debe continuar actuando según sus objetivos y sus motivaciones, utilizando para ello su sensibilidad y su reflexión; pero, durante este tiempo, lo que importa en la enfermedad, los cuidados o la curación, es que estemos atentos, que permanezcamos en tanto que Consciencia inmaterial.

El hombre prefiere la curación a la enfermedad: nada más normal. Actúa para preservar la salud: es natural. Pero nosotros somos el testigo de la enfermedad y de la salud.

¿Cómo podría el vacío infinito de nuestra Consciencia ser afectado por los fenómenos fisiológicos o psicológicos?

Esta comprensión se sitúa en la percepción, no tiene nada que ver con las acciones físicas o mentales.

El hombre tiende a reflexionar sobre las causas de la enfermedad, actuar para curarse, pero mientras esto se produce, se trata de permanecer instalado en la transcendencia inmutable e indiferente.

Algunos, confundiendo el nivel humano con el de su Naturaleza, y el de su verdadera identidad inmaterial, han impuesto al hombre una conducta indiferente. Esto es el resultado de una confusión de la mente, en la que la mente se refugia en la idea de indiferencia. Mientras que, en realidad, la indiferencia del Despertar se sitúa más allá de la mente.

Es la indiferencia de la Consciencia que percibe y que no está implicada en eso que percibe. Es la indiferencia de la Consciencia para la cual la vida humana no es otra cosa que un sueño efímero atravesando su eternidad.

Cuando la mente escucha hablar de esta indiferencia, quiere captarla e instaura, a su nivel, el error de la indiferencia ascética. Todas las perversiones y las deformaciones de lo espiritual son porque la mente quiere captar lo que permanece inaprensible por siempre para ella. En su esfuerzo de aprehensión, crea múltiples confusiones que dificultan la comprensión correcta del Despertar transcendente.

La verdadera indiferencia del Despertar no está en la acción. No está ni en la acción que rechaza curar al cuerpo o permitirle el placer, ni en la acción que cura o procura la satisfacción.

La verdadera indiferencia del Despertar percibe cualquier cosa de la misma manera. Ve el bienestar, la aparición del sufrimiento, su mantenimiento o su desaparición con idéntica mirada.

Ve al hombre luchar contra la enfermedad, debido a una reacción y a un instinto de vida que le es natural. Lo ve triunfar o fracasar en su lucha, con una inalterable ecuanimidad.

Algunos caen en la trampa de la mente que dice “es necesario rechazar todo goce”. Otros caen en la trampa de la mente declarando “es necesario rechazar todo esfuerzo, toda disciplina y toda privación”. Todo eso es infantil.

Por lo tanto, el hombre ha de actuar libremente a la luz del Despertar.

Es normal que el individuo evite el sufrimiento innecesario, pero es igualmente normal que se imponga determinados sufrimientos y algunos esfuerzos voluntarios en función de los propósitos que quiera alcanzar. Es el hombre quien practica la disciplina espiritual y ésta es excelente para él.

El abandono o el mantenimiento de la disciplina espiritual no te aporta nada a ti que eres Consciencia.

El sufrimiento del alpinista que conquista una cima, el autocontrol que se requiere para realizar un ayuno, el esfuerzo de quien resiste a una tentación de adulterio, no tiene nada de incompatible con el Despertar.

Todo esto se sitúa al nivel humano y no al nivel del Despertar. Lo que importa es no confundirse con los dos niveles. ¡Que el hombre continúe haciendo esfuerzos de purificación, pero dejad definitivamente de confundiros con él!



Cuando estás despierto, puede que entre los fenómenos percibidos, una pulsión carnal aparezca. ¿Qué debes hacer? Permanece despierto, es decir, atento a tu realidad de pura Consciencia. Ese fenómeno que es un deseo carnal y que sientes, provoca en reacción otro fenómeno, igualmente observado por ti mismo, el del recuerdo mental de la decisión de la fidelidad conyugal.

Entonces, ¿qué deberías hacer? Solo mantente en Despertar. Esta es la única respuesta válida. Así, eres el espectador de la lucha entre la tentación carnal y la ética de la fidelidad conyugal. Este combate que se sitúa en el mundo de los fenómenos, no te concierne en absoluto, porque eres la eterna Conciencia espectadora, vacía de contenido y sin límite.

Sin embargo, debido a tu Despertar y a la lucidez que procura a nivel humano, se produce el fenómeno siguiente: el hombre no se deja llevar por la tentación.

Es así porque la claridad del Despertar, si bien no actuante, influencia al hombre igual que el sol que, sin actuar al nivel formal, provoca el crecimiento de las plantas.

Cuando estás despierto, es decir, cuando la presencia en ti mismo en tanto que Consciencia infinita es intensa, el hombre está bañado por una lucidez perfecta.

Entonces, al percibir el impulso carnal con una perfecta lucidez, lo que equivale a verla tal cual es realmente, se vuelve capaz de resistirla automáticamente. En la lucidez del Despertar, el encanto y el poder de seducción de las tentaciones se disipan, pues cuando la naturaleza real de las tentaciones es claramente percibida, vemos que se trata de simples fenómenos desprovistos de todo atractivo. Entonces, la voluntad del hombre no tiene ninguna dificultad en resistir a este impulso.

Constatamos, por lo tanto, que el hombre actúa negativamente únicamente porque no está iluminado por la luz del Despertar. Las pulsiones negativas arrastran al hombre porque nos identificamos con ellas y porque no tenemos una clara visión de su verdadera naturaleza.

Si una pulsión de sexualidad, de violencia, de avaricia o de orgullo es considerada, debido a mi identificación errónea, como siendo “mi” deseo sexual, “mi” ansia de pegar, “mi” pasión por el dinero, “mi” orgullo, es muy tentador ceder a este impulso. Resistir se revela, a veces, frustrante. Pero cuando, gracias a mi atención al momento presente, en la cual yo me siento ser pura Consciencia inmaterial, esa clase de manifestaciones es percibida como simples fenómenos, los cuales nos parecen poco agradables e inoportunos, vencer el deseo que conllevan es fácil.

Toda tentación se reviste con una máscara seductora para aparecer deseable al hombre. Es como un monstruo odioso que se escondiese bajo una bella apariencia.

Por la lucidez del Despertar, arrancamos la máscara engañosa y el hombre ve entonces el deseo sensual como una simple pulsión animal buscando arrastrarle y dominarle. Entonces, en esta clara percepción, experimenta un placer en dominar sus instintos y, al hacer esto, permanece auténticamente humano, en lugar de encontrarse en el nivel de una bestia en celo. El único paso que tenemos que dar tanto en la tentación como en cualquier otra situación, es reforzar nuestra presencia, nuestra sensación de ser Consciencia pura.

Todo se deriva del establecimiento del Despertar. Si buscamos el Despertar y debemos buscarlo continuamente, la transformación del comportamiento al nivel humano resultará inevitable, la modificación purificadora del comportamiento humano nos será dada por añadidura; ésta vendrá sin esfuerzo, no porque el hombre no deba vencer la tentación mediante la lucha espiritual, sino porque el Despertar le dará al hombre la fuerza necesaria.

Si mi atención se concentra en la búsqueda de un comportamiento virtuoso, yo seré virtuoso y a la vez limitado. Por el contrario, si mi atención se concentra constantemente en la lucidez atenta del Despertar a mi realidad de pura Consciencia, proporcionalmente a mi capacidad de Despertar, seré más capaz de practicar la virtud sin esfuerzo.

Querer ser virtuoso es encerrarse en el hombre. Buscar el Despertar es, al nivel humano, constatar que la ausencia de virtud es desagradable y, por eso, se practica espontáneamente, a ese nivel, lo que se llama virtud, pero que, de hecho, no es más que la conducta normal y sana del hombre no deformado, ni pervertido.

Estar despierto es estar plenamente atento.

Si das un fin a tu atención, si te dices: “Debo estar atento a esto o a lo otro”, caes en la trampa de las consideraciones mentales y te pierdes sin llegar al Despertar. Cuando estas despertando, descubres poco a poco el silencio, el vacío, la inmensidad del que percibe.

Si la mente se apodera de esta experiencia y dice: “Este vacío, esta plenitud dichosa, esta inmensidad transcendente es Dios, es Brahman, es el Nirvana, es preciso que me concentre sobre ello y que permanezca constantemente en la contemplación de eso, con el fin de realizarme espiritualmente”. Esta clase de reflexión mental es fundamentalmente errónea. Es una trampa sutil de la que es preciso escapar.

No existe la transcendencia del vacío y la plenitud silenciosa por un lado y tú por otro lado. La práctica del Despertar te hace comprender que eres ese vacío y ese silencio, por lo tanto, no hay nada que obtener, nada que realizar, ningún camino que recorrer.

En este mismo instante, aquel que percibe este cuerpo, este lugar, este espacio, estos sonidos que llenan el instante, aquel que percibe todo eso eres Tú mismo y eres silencio-vacío-inmensidad.

En una experiencia inmediatamente accesible a todos, es evidente que nosotros somos el Espectador silencioso, impalpable e inmaterial del instante presente. Por lo tanto, es preciso que sientas tu “Yo” eterno, tu Ser puro, con el fin de saber: “Yo soy Eso”. Yo soy esta inmensidad indescriptible. De esta manera, se sabe que no hay nada por alcanzar. Cuando sientes tu inmensidad, te presentas a ti mismo en tu Naturaleza esencial y transcendente.

E. Tolone


domingo, 23 de enero de 2022

El Silencio

 

Encontrar el silencio es fácil. No hace falta aislarse en una montaña, en un desierto o un bosque. No hay necesidad de huir del ruido, ni ponerse de mal humor cuando una puerta golpea. Basta hacer el silencio en uno mismo, para inmediatamente encontrar el silencio.

El silencio es un compañero eterno. Acabamos de decir que es preciso aprender a ser silenciosos y ya aparece la posibilidad de una falsa interpretación. Ser silenciosos no quiere decir forzar el silencio, imponernos el silencio. Si lo tomásemos al pie de la letra, imponiéndonos una severa disciplina, nuestro silencio no sería más que una forma de crispación y de censura totalmente superficial. No se trata de jugar al silencio, ni de fingir.

Tampoco se trata de encubrir nuestro parloteo y nuestro tumulto interior bajo el caparazón de una actitud artificial, fruto de un esfuerzo.

Debemos encontrar el silencio. Es algo mucho más simple y mucho más profundo. Imponerse una continencia o una restricción no tiene el mínimo interés. Lo que sí que lo tiene es el despertar a la presencia del silencio.

El silencio está siempre en nosotros, eternamente. Debemos tomar conciencia del silencio que perdura detrás del insignificante y decepcionante torbellino de nuestros pensamientos que se entrecruzan y chocan como insectos ciegos.

Detrás, justo detrás de las formulaciones mentales, inmediatamente perceptible, el asombroso silencio extiende su orilla. Para percibirlo basta con estar atento, realizar una forma de atención particular. Debemos escuchar, prestarle oído al silencio.

Puede ser que al principio nuestra pretenciosa cacofonía interior nos lo impida. Pero aquel que busca superarla y escuchar lo que hay detrás, termina por encontrar el silencio. Se produce una especie de clic interior y podemos percibir el silencio. Los ruidos del mundo continúan golpeando nuestros oídos, pero ya no nos importunan, pues, venido desde mucho más lejos, sentimos cómo el silencio se abate sobre nosotros.

Un silencio imperceptible para el oído humano y que sólo el espíritu puede percibir. Entonces, mecidos en el seno de este inmenso silencio, adquirimos una nueva mirada que es un Despertar.

La vida, en su inexpresable simplicidad original, se nos revela. La existencia reviste un sabor especial acompañado de extrañas resonancias. Nos damos cuenta de que la existencia humana es solo una ola coloreada que atraviesa la superficie de un silencio sin fondo.

A partir de este momento, cuando hayamos descuidado la profundidad de las realidades interiores, estaremos perdidos y olvidados en el torbellino de apariencias superficiales del mundo exterior, sabremos que, para poner de nuevo las cosas en su sitio, nos bastar á con escuchar el silencio, con evocar a este eterno compañero.

Cuando el silencio interior está presente, el mundo exterior deja de ser un infierno de despreocupación acaparadora, para convertirse en un apacible edén. Paraíso e infierno se encuentran en nuestra mirada.

Para quien conoce el silencio y permanece en su presencia, los desenfrenos del mundo no tienen poder. Resbalan como el agua sobre las plumas del pájaro.

En vuestra vida cotidiana, hacedle un lugar al silencio, este gran instructor. En el seno de vuestras actividades, sin interrumpir nada, abrid el oído de vuestro espíritu y, detrás de los ruidos, en ausencia de toda reflexión, escuchad el silencio...

Pensar en la presencia del silencio es comenzar a percibirlo, pues el pensamiento es una evocación. Una evocación que, en el sentido mágico del término, llama y provoca la manifestación de lo que se invoca.

En el silencio, el pensamiento se diluye, y el verdadero Ser aparece.


sábado, 15 de enero de 2022

¿Quién soy yo ?


Cuando nos sentimos existir detrás de las sensaciones, los sentimientos y los pensamientos, no nos hundimos en la inconsciencia. Al contrario, estamos en un estado de extrema vigilancia y, en esta vigilancia somos conscientes de existir.

Esta consciencia de Ser, es la raíz del “Yo”. Esta Consciencia de existir está vacía de todo contenido, ya que todo contenido es una sensación, un sentimiento o un pensamiento. Esta consciencia vacía de todo, esta pura consciencia es nuestra verdadera naturaleza, nuestro ser real, por oposición a nuestra personalidad humana que constituye nuestro ser aparente.

¿Quién soy yo?

“Soy consciencia pura”.

Por un lado, está el yo superficial que está compuesto por el conjunto de sensaciones, sentimientos y pensamientos y, por otro lado, el yo profundo, que es pura Consciencia. El yo superficial oculta al Yo profundo. Es por eso por lo que la gente se identifica con la personalidad humana. Para ellos el “yo” es el yo superficial.

Pensamientos, sentimientos y sensaciones, son percepciones que atraviesan el campo de la Consciencia. Lo que permanece en movimiento perpetuo son las percepciones. Lo que es inmutable es la Consciencia.

En la medida en la que identifiquemos nuestra consciencia de existir, con las percepciones, nos encontraremos encadenados al devenir perpetuo, y por ello mismo, al sufrimiento.

La impermanencia de las percepciones es constante, y las categorías de percepciones que son consideradas como agradables, están ineluctablemente llamadas a ser reemplazadas, un día, por otras percepciones, consideradas desagradables por la personalidad humana. Pero si dejamos de identificar nuestra consciencia de existir con las percepciones, para identificarla con la pura Consciencia vacía de contenido, entonces ninguna pérdida, ninguna ganancia, ningún sufrimiento puede alcanzarnos. Nuestro yo superficial continuará ganando, perdiendo, sufriendo y gozando, pero nuestro Yo profundo permanecer á sereno e inmutable.

Así, al descubrir el Yo profundo, nos emanciparemos de las contingencias temporales. No se trata en absoluto de buscar, de una forma u otra, la negación, la aniquilación, la mortificación o el olvido de la personalidad humana. Es preciso tomar consciencia de lo que se encuentra detrás. Esta toma de consciencia no presupone ninguna llamada a la voluntad. Basta simplemente con comprender por medio de una percepción interior directa, que todos los componentes de la personalidad constituyen nuestro yo superficial, impermanente y relativo, mientras que nuestro Ser verdadero se encuentra en otra parte.

Cuando accedemos al Despertar interior, percibimos que nosotros no somos la personalidad humana, sino la pura Consciencia que la habita. Pero esto no debe ser una razón para destruir la armonía que debe existir entre la pura Consciencia y la personalidad humana. Al contrario, esta armonía deberá reforzarse y la personalidad humana se convertirá en un instrumento perfecto de acción, en el mundo material, para la Consciencia inmaterial.



miércoles, 10 de noviembre de 2021

La mente en el Trabajo Interior (Antonio Blay)

 


Para el trabajo interior, nos valemos de la mente, la cual a veces es un obstáculo y otras una herramienta:

Un obstáculo porque nuestra mente se ha acostumbrado a funcionar de un modo muy tenso, muy acelerado, crispado y superficial, porque -como hemos dicho- necesita estar constantemente atendiendo necesidades y exigencias del exterior, y como en estas necesidades y exigencias van involucradas cosas de valor para la persona -incluso de mucho valor-, la persona no sólo pone interés e inteligencia en la solución de sus problemas, sino que también pone miedo, ansia, y, a veces, desesperación. Esto hace que la mente ya no funcione en su capacidad puramente intelectual sino que quede envuelta por estos mecanismos afectivos que la traban.

Del mismo modo que si pusiéramos unos objetos dentro de los engranajes de una maquinaria la trabarían, también todos los miedos, las impaciencias, las angustias, son verdaderos obstáculos que impiden el normal funcionamiento de nuestra maquinaria mental.

Esto sucede porque nuestra mente se ha acostumbrado a funcionar así, se ha acostumbrado a buscar continuamente, a pasar de un objeto a otro con rapidez, sin ahondar, sin sopesar las cosas con profundidad, con serenidad, y está corriendo siempre al galope, de tal manera que cuando queremos imponerle el silencio no lo conseguimos; la mente va por su propio camino y adquiere autonomía, y muchas veces nos cuesta trabajo seguirla.

Por eso, la mente, que es el medio de conocimiento, el medio de toma de conciencia, como habitualmente funciona con un ritmo acelerado, superficial y distorsionado, se convierte en un obstáculo cuando queremos manejarla para ahondar en nosotros, para contactar con lo que pueda existir de positivo en nuestro interior. Y cuando la persona quiere ahondar se encuentra con que no puede; cuando quiere concentrarse se encuentra con que la mente «se le va», se le escapa.

La persona no es capaz de contactar con su propio interior porque nunca se ha interesado por ello, no se ha educado en esta dirección.

Otra causa que convierte la mente en obstáculo lo constituye el que nos hemos acostumbrado a buscar soluciones a todos los problemas a través del pensamiento. Como los problemas del mundo exterior los manejamos por medio de esa capacidad de simbolización que es nuestro pensamiento y nuestro lenguaje, cuando sentimos un problema interior y queremos ahondar en él no sabeos adoptar más que esta misma herramienta y el mismo procedimiento que utilizamos para lo exterior: el simbolismo del pensamiento y el lenguaje.

Pero nuestra realidad interior no podemos descubrirla mediante el pensamiento. Nuestra realidad interior necesita de otras capacidades mentales que no son el pensamiento. Necesita de nuestra lucidez, de nuestro intelecto, pero no de nuestra capacidad de razonar, la cual es una de las capacidades elementales de nuestra mente. Y como en la vida diaria no utilizamos más que esta capacidad, queremos utilizar esta misma capacidad para resolver problemas interiores y para ahondar en nosotros mismos. De esta manera la mente se convierte en problema, en un nuevo obstáculo, cuando tratamos de descubrir de un modo más directo qué es nuestra esencia, nuestra realidad, nuestras fuerzas vivas.

A pesar de esto, la mente es el medio, la mente es camino, cuando descubrimos que hay una capacidad -de las muchas que tiene nuestra mente-, que es la que permite adentrarnos, ahondar, descubrir cosas nuevas, y esa capacidad nueva -y a la vez antigua-, esa capacidad especial que es la que se necesita para este trabajo de descubrimiento interior, es la atención sostenida.



La Atención. El “mirar”

Hay una gran diferencia entre estar simplemente atentos a algo y el razonar sobre algo.
Al razonar nos estamos pronunciando sobre ese algo, estamos formando símbolos, estamos juzgando, valorando, seleccionando.

Cuando yo miro algo, cuando aprendo a dirigir mi atención de una manera fija, sostenida, sobre algo, estoy simplemente mirando y es manteniendo esta actitud de mirar cuando se puede llegar a ver, del mismo modo que sólo manteniendo la actitud de escuchar se puede llegar a oír.

Y al decir escuchar quiero decir escuchar de veras y en consecuencia, oír de veras; porque lo que ahora hacemos no es escuchar de veras, pues mientras estamos escuchando también estamos pensando, estamos comparando, razonando o criticando lo que escuchamos, y esto nos impide desarrollar nuestra capacidad de oír del todo.

Como estamos tan acostumbrados a escuchar de este modo ni siquiera nos ha pasado por la mente la idea de que realmente existe la capacidad de escuchar del todo. Uno cree que ya está atento, que ya se está enterando de todo, pero luego, cuando la persona tiene que repetir o dar cuenta de lo que ha escuchado, se evidencia que la persona sólo ha cogido unos pequeños fragmentos de lo que se ha dicho -y aun esos fragmentos los interpreta mediante una óptica totalmente subjetiva-, que no ha tenido la capacidad de escuchar realmente lo que el otro decía, cómo lo decía y desde la perspectiva en que lo decía.

En el sentido de la atención sostenida ocurre lo mismo que en el escuchar. Hemos de aprender a mirar sin razonar, a fijar nuestra atención, muy clara, muy despierta, muy lúcida, en un acto simple de mirar aunque a primera vista esto nos parezca muy tonto, es preciso practicar para llegar a descubrir que ahí está la clave más importante para entrar en el reino interior, en este mundo oculto, en este mundo de posibilidades inmensas que hay en nuestra mente y en nuestro corazón.

Después ya razonaremos si conviene, ya que no se trata de abdicar de nuestro juicio crítico, sino simplemente que cuando se trata de mirar, en la medida en que tratamos de razonar estamos disminuyendo nuestra capacidad de mirar.

Cuando «miramos» manteniendo esta actitud de atención sostenida, se produce un fenómeno extraordinario: entonces la mente adquiere la capacidad de entrar dentro de la cosa que mira, adquiere la capacidad de penetrar; y ahí está una de las principales diferencias entre mirar y pensar.

Con el pensar nosotros solamente representamos las cosas por medio de ideas, no entramos dentro de nada, nos limitamos a tomar fotografías y hacer combinaciones con esas fotografías, con los datos, con las ideas.

En cambio, a través del mirar aprendemos a hacer el contacto del «foco» de nuestra mente con otros focos que existen en nosotros, sea al nivel del sentimiento, sea al nivel de la intuición, de la sensación, de lo que sea; y cuando mantenemos esa atención sostenida, entonces se produce una penetración de nuestro foco mental dentro de este otro sector, del sentimiento o de la sensación, entramos en él, y al penetrar se produce el descubrimiento de unas fuerzas que transforman; transforman la mente, transforman la capacidad de vivir.

Ésta es la clave fundamental de todas las prácticas de vida interior. Y en ella tenemos la explicación del porqué hay tantas personas que con toda la buena voluntad del mundo, después de trabajar muchos años con diferentes prácticas -unas de tipo mental y otras de tipo devocional-, no consiguen un cambio fundamental en su interior, no se produce una transformación en ellas, no hay un descubrimiento de algo revolucionario, sino que simplemente la persona va envejeciendo en esa misma actitud de ir practicando algo, con muy buena fe pero sin esa eficacia transformante, porque no ha descubierto la práctica de la atención sostenida.

Si queremos que nuestra vida interior sea realmente vida, tenemos que aprender a ahondar en lo que está vivo: en nuestra mente es la atención, en nuestro campo emocional es el sentimiento y en nuestro cuerpo es la sensación y todas las funciones fisiológicas.

Y sólo viviendo este foco vivo de la mente que es la atención, junto con el foco viviente del sentimiento se produce el descubrimiento de lo que es realmente el sentimiento. Y se trata no sólo de un nuevo conocimiento sino de una transformación, una fusión, porque de la misma manera que la mente entra dentro del sentimiento, el sentimiento entonces entra también dentro de la mente. Y se descubre lo que hay detrás del sentimiento, lo que es en sí el sentimiento, en lugar de entenderlo (como hacemos ahora) según sus efectos o manifestaciones externas.

Actualmente conocemos nuestra vida por sus resultados, por sus productos, no la conocemos intrínsecamente, no la conocemos por lo que es en sí misma. Por eso podemos decir que no estamos viviendo nuestra vida sino que la estamos sufriendo, la estamos padeciendo; somos pacientes de la vida porque no estamos metidos conscientemente dentro de nuestro propio vivir.

Descubrimos que sentimos tal cosa, descubrimos que nos encontramos de un modo determinado, que nos suceden unas cosas, pero en este transcurrir de nuestra vida no nos vivimos como sujetos, no nos vivimos «dentro» de eso que vivimos.

Y si yo no estoy realmente dentro de lo que vivo, estoy fuera, y por eso me «encuentro» con eso que vivo, me «tropiezo» con ello.

Si yo estuviera dentro sería el sujeto de ese vivir; entonces habría una posibilidad real de manejar este vivir de un modo mucho más eficaz.

A. Blay

sábado, 11 de septiembre de 2021

El objetivo de la vida y dónde hay que buscarlo (A. Blay)

El sentido de la vida en su aspecto interno es llegar a una plenitud de conciencia, sea de un modo u otro, y en su aspecto externo, es expresar esa plenitud de conciencia a través de una plenitud de forma; aunque la expresión de la vida a través de las formas tiene siempre un carácter accidental y efímero, pues las formas son simplemente eso, una expresión, una manifestación. Solamente cuando se vive la vida en su misma fuente, allí de donde brotan todas las formas, es cuando se percibe que es más completa, más llena en sí misma.

La vida no tiene sentido por el hecho de dirigirse hacia un lugar determinado. Muchas veces nos preguntamos: ¿cuál es nuestro fin?, ¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿a dónde iremos a parar?, como si el lugar hacia el que nos dirigimos nos pudiese dar por sí solo el verdadero sentido de nuestra vida actual. 
El verdadero sentido de la vida no está en el término de ella, sino en el instante presente, detrás de todas las necesidades, de todas las leyes y de todas las manifestaciones de la vida misma.

No hemos de apoyarnos en el futuro ni en el pasado para descubrir el sentido que pueda tener nuestra vida, puesto que el pasado y el futuro sólo son imágenes en nuestra mente y sólo el presente tiene plena realidad. La verdad de nuestra vida la hemos de descubrir ahondando en el presente.

Este ahondar en el presente es realmente lo único que nos permitirá llegar al fondo, a la fuente misma de la vida, más allá del tiempo y del espacio, más allá del pasado y del futuro, más allá de toda manifestación concreta. Allí es donde encontraremos lo único que da un significado pleno y total a cada uno de los instantes y a cada una de las formas a través de las cuales se va manifestando la vida.

Las formas, lo exterior, nos puede dar una cierta satisfacción y plenitud, pero será siempre de un modo muy relativo. Puedo comer mucho de lo que más me agrade, y sentirme muy satisfecho. Pero llega un momento en que ya no puedo comer más, mi apetito tiene un límite y comer más me causa repugnancia. Para mí es ya un mal.

Lo mismo que ocurre con ese ejemplo, sucede absolutamente con todas las cosas externas que dan plenitud, porque la procuran no a nuestra conciencia profunda, sino a nuestros mecanismos, a nuestras formas. Puedo llegar a acumular muchos datos, tener muchos conocimientos científicos y cada vez que voy adquiriendo más me siento más satisfecho, si mi tónica personal me induce al desarrollo mental, pero llegará un momento en que me daré cuenta que esto no puede darme la plenitud, porque ésta no se obtiene con la cantidad sino que es una cuestión de profundidad, consiste en llegar al centro, y la acumulación nunca conduce al centro.

En el afecto ocurre exactamente igual. Hay muchas personas, la gran mayoría, que toda la vida se la pasan amando mucho y sufriendo mucho por ello sin llegar nunca a la plenitud. ¿Por qué?, porque algo hay en esas personas que les impide que su afecto les sirva de camino que las conduzca al centro. Tienen momentos plenos, apasionados, exaltados, magníficos, pero les sucede lo que expusimos en el ejemplo de comer, aunque en otro plano superior.

Se consigue así la satisfacción de algunos niveles de nuestra estructura humana: la del nivel biológico, por ejemplo, a través de los alimentos y de las sensaciones agradables, la del nivel afectivo a través de sentimientos y emociones de cariño. Y aunque el hombre precisa de estas cosas y su uso es normal y legítimo, no obstante, no llegan a producir en él una plenitud auténtica, estable, profunda, porque suelen utilizarse solamente para satisfacer unos mecanismos, para llenarlos y saturarlos como si fuera a presión. Y así no se puede alcanzar la plenitud verdadera. Porque la plenitud verdadera no es la que sacia los mecanismos, sino la que a través de ellos nos conduce hasta el centro mismo que los anima y sustenta.

Nuestra vida es un proceso centrífugo, va constantemente del centro a la periferia, y toda explicación de lo que ocurre en la periferia la hemos de buscar en el centro. El no darnos cuenta de esta verdad es la causa de que no encontremos la verdadera plenitud y felicidad. Es un problema que radica en nuestra pequeñez mental que nos impide tener una visión del conjunto. 
En la medida que nuestra mente, a causa de su cortedad de visión, se fija límites y objetivos estrechos no puede lograr más que satisfacciones momentáneas que, además, prontamente le producen una saciedad y le obligan a buscar nuevos estímulos y objetivos. Porque al fin y al cabo ninguno de estos pequeños objetivos es el auténtico, sino sólo aspectos parciales de la plenitud central que buscamos y que en el fondo es la que nos motiva y nos empuja.

A. Blay


miércoles, 8 de septiembre de 2021

Nuestro trabajo: atención y apertura


 Si todo el mal reside en el empequeñecimiento, en la rigidez mental, en el alejamiento del centro y en la superficialidad en que nos hemos encerrado, es evidente que lo único que nos puede redimir, el único medio para redescubrirnos, para volver a ser nosotros mismos, es una doble actitud: de apertura y de atención, porque esto sigue la dirección inversa de lo que nos está ocurriendo. Si estamos cerrados y oscuros, para corregirnos tendremos que abrirnos y estar más despiertos. 

Esta es la clave de la combinación de la puerta de nuestra mente. Si aprendiéramos a estar más abiertos ensancharíamos nuestro horizonte y si aprendiéramos a estar más despiertos descubriríamos mejor la naturaleza de todo cuanto existe dentro y alrededor nuestro. Pues no se trata de adquirir nada más, sino simplemente de descubrir lo que existe. Para eso se requieren sólo dos cosas: abrir y mirar. Y para poder mirar claro hay que estar mentalmente despiertos. O sea, que realmente lo que nos falta es cultivar más y mejor lo que ya tenemos: saber mirar y saber abrir. Puntualicemos estas dos cosas por partes.


A) Atención

En primer lugar hablemos sobre el mirar. Todo cuanto nosotros conocemos es en virtud de nuestra capacidad de toma de conciencia. Nuestro foco mental se dirige hacia fuera, hacia dentro, hacia arriba o hacia abajo y toma conciencia de algo que vive como realidad, sea una idea, una percepción exterior, un sentimiento muy elevado, lo que sea. Nuestra mente normalmente está adormilada, funcionando a media luz. 
Lo primero que hemos de aprender a hacer es que nuestro foco de atención, que es el instrumento que nos sirve para tomar conciencia de todo, para darnos cuenta de todas las cosas, luzca más, pues ahora está funcionando a un potencial bajísimo. En otras palabras, tenemos que despertarnos más, hemos de estar más lúcidos.

Observemos los hechos. 
Todos podemos constatar que ahora mismo, si queremos podemos estar un poco más abiertos, más despiertos, más lúcidos, más atentos, sólo un poco más. Este poco podemos vivenciarlo cada uno de nosotros. Mas, ¿por qué estoy unos ratos más lúcido, más despierto, y otros más dormido, más distraído y oscuro? 
Sencillamente porque estoy dejándome llevar de la inercia, de los hábitos que he adquirido, porque en la vida corriente he comprobado que viviendo así voy tirando y saliendo de apuros y que, además los demás viven también así. Si los demás fueran más rápidos que yo, me acostumbraría a estar atento y procuraría ser tan rápido como los otros. Si los demás fueran más listos que yo, me esforzaría en ponerme a su altura. Habría un estímulo externo que me obligaría a dar de mí mismo el máximo rendimiento en este sentido de estar más despierto. Pero como he encontrado ya mi «modus vivendi» mi fórmula de equilibrio social aunque no me guste, aunque me queje de ella, voy tirando, y me quedo amodorrado, adormilado en mi postura cómoda pero incompleta. Claro, la gran ventaja nuestra es que hemos adquirido hábitos y cuantos más hábitos y mejor adquiridos están, más tranquilos vivimos y menos hemos de pensar, porque todo se hace automáticamente.

Pero es que los hábitos aunque son necesarios para que podamos hacer una cosa y atender a otra, no han de servir para ponernos a dormir encima de ellos. Hemos conseguido la gran ventaja de adquirir unos hábitos para tratar a la gente, para contestar al teléfono, para ir por la calle, para conducir, y gracias a ellos, en lugar de despertarnos más o atender a otras cosas, lo aprovechamos para vivir dormidos.

El que tenga sincero anhelo de encontrar algo más real, más sustantivo en sí mismo y en la vida, ha de saber bien que lo primero que ha de hacer es despertarse, aprender a vivir al máximo su potencial de atención consciente. Y esto no en un momento de peligro o en una situación apurada, sino en cada instante de su vida.
No hay absolutamente ningún motivo para que la conciencia en unos momentos esté muy clara y en otros muy oscuros. Si tengo interiormente el mismo potencial, éste lo he de actualizar y ha de ser para mí una constante. 
He de aprender a estar todo yo presente a mí mismo, todo yo despierto y lúcido en cada instante, aunque lo que esté haciendo sea liar un cigarrillo o tumbarme para descansar. 
¿Por qué cuando estoy tumbado he de dejar de ser plenamente consciente?, ¿por qué he de estar interiormente durmiendo?, ¿por qué no puedo estar todo yo plenamente consciente y presente al hecho de que me estoy durmiendo? 
Esto se puede hacer; ¿por qué no he de aprender a tomar conciencia clara, lúcida, todo yo, de cualquier cosa que esté haciendo, sea soñar, reír, gozar, llorar, tener miedo o lo que sea?

Si nos miramos un poco, veremos que nuestra mente sufre un apagón casi constante. Por eso, repito, la primera providencia de quien quiera trabajar es despertarse y aprender a hacer que su mente esté funcionando con la máxima amplitud que sea capaz de dar de sí, con el máximo potencial. Que no parezca una bombilla de diez o quince bujías si tiene un potencial de doscientos.

Esto no quiere decir que uno esté siempre con los ojos muy abiertos para que no se le escape nada. La atención es un estado interior, no es en absoluto un gesto exterior. La atención es el resultado de actualizar todo yo mi capacidad de conciencia interna, no de poner toda mi capacidad hacia fuera. Es tenerla actualizada, vivirla, ser consciente de ella. En un momento dado necesitaré proyectarla hacia fuera y en otro momento tendré que dirigirla hacia adentro. Esto es secundario.
Lo importante es que en todo momento la luz esté funcionando con los doscientos watios, no que lo haga unos ratos a doscientos, otros a quince y otros a veinticinco.

Ahora bien, esto sólo se puede conseguir mediante una práctica sistemática, y una repetición incesante del gesto de despertarse, de estar más presente a sí mismo en todo momento.


B) Apertura

El segundo remedio básico contra nuestra identificación y nuestro egocentrismo es aprender a estar más abiertos. ¿Qué quiere decir esto? 
Justamente lo contrario de estar crispado, cerrado. Estar abierto es vivir en una actitud suelta, con un gesto interior de máxima apertura mental y afectiva. Es un estado de relajación psíquica, aunque la palabra relajación tiene sus connotaciones a veces negativas de pasividad o inercia, que se oponen a la verdadera apertura.

Nos crispamos siempre que tenemos miedo. Y lo malo es que después nos crispamos ya sencillamente porque estamos acostumbrados a hacerlo y aunque haya desaparecido el miedo nos mantenemos en la actitud interior de quien ve constantemente peligro en algún sitio. La crispación no lleva nunca consigo una mayor capacidad defensiva ante el peligro. Al contrario, en los momentos de peligro la crispación produce un estado de ceguera mental. 
Sólo una mente abierta permite ver e intuir soluciones, recoge más datos y por lo tanto puede extraer del interior mayor número de posibles soluciones. Así que, incluso ante situaciones de peligro, en lugar de querer huir -reflejo que todavía nos queda de nuestra infancia y que nos empuja a huir de las situaciones y a replegarnos y cerrarnos- hemos de aprender a tomar conciencia clara de las cosas, pues ésta es la única forma de poder manejarlas bien.

Evitemos este gesto automático de regresión a nuestros mecanismos infantiles, no nos cerremos ni nos crispemos. Abrámonos y mantengámonos abiertos. Tenemos miedo de hacerlo porque confundimos el abrirnos con el estar pasivos frente al ambiente, el ser generosos con el no controlar nuestras reacciones sentimentales. Aquí se trata de estar abierto al mismo tiempo que estar perfectamente lúcido. Y si estamos plenamente lúcidos nunca saldrá ni la más pequeña reacción que no sea conveniente o que no esté adecuada a la situación.

Es preciso reeducarnos en abrir la mente y el corazón a la vez que mantenemos la atención más despierta, siempre actualizada, renovando una y otra vez esta actitud de estar despierto. Entonces, cuando se aprende a vivir manteniendo esta apertura y este estar continuamente despierto, se produce un fenómeno extraordinario: el de la penetración interior. 
No hay que hacer nada más que estar despierto, muy despierto y abrir y aprender a mantenerse abierto. Y entonces empiezan a aparecer de un modo directo, constante, sin necesidad de ideas ni de opiniones, de un modo evidente, transparente, todos los contenidos que hay en nuestro interior; y detrás de estos contenidos -muchos de los cuales son resultado de embrollos anteriores, de cosas a medio liquidar- viene la luz, la fuerza, la fuente misma de nuestra realidad.

Así que la única forma de penetrar es aprendiendo a mantener este sencillo gesto de abrirnos y de permanecer con la máxima lucidez de nuestra mente, que no piensa sino que mira, que está consciente, que observa.

Antonio Blay
www.centroelim.org




viernes, 20 de agosto de 2021

La atención. Observación consciente.


 Lo primero para liberarnos de la identificación inconsciente, consiste en hacerla consciente, dar un paso atrás, que nos permita tomar distancia de la experiencia y así poder observar los pensamientos, creencias, formas de concebir la realidad. La solución para salirnos del sufrimiento y del dolor, está en el despertar del sueño, recuperar nuestra identidad esencial. La clave está en la atención sostenida.

La atención, es la facultad de dirigir la mente a algo, de ser conscientes intencionalmente; así como la consciencia es el hecho de simplemente darse cuenta de algo, la atención es el hecho de percatarnos de ello de un modo intencional. 
Esta dirección del foco de nuestra mente hacia algo, la atención, la venimos ejerciendo hace años, pero no la perfeccionamos, cambiamos constantemente el objeto de atención (necesidades, obligaciones diarias, etc.) y esto nos parece lo normal, a veces estamos atentos, y otras distraídos. La podemos dirigir hacia fuera, hacia adentro, hacia arriba, hacia la atención misma.
 He de descubrir que, la atención, soy yo mismo y que si en lugar de estar atento sólo a las cosas, estuviera a la vez atento a la atención, me acercaría más a la consciencia de sujeto, a la lucidez que hay en nuestro ser profundo. 

No se trata de introspección, ni tampoco de concentración, sino simplemente de tomar consciencia del gesto de estar atento, mirando hacia su raíz y no solamente hacia su proyección exterior. 
Si queremos mirar la atención, hemos de mirar dentro de la mente, y desde ahí podemos ser conscientes de lo que vemos fuera y del sujeto que está mirando, ampliamos nuestra consciencia, nuestro campo mental, y así lo que percibimos y el sujeto que percibe, forman una unidad.

 En la práctica de la atención, es importante no volverse de espaldas al exterior, el gesto es de apertura, para abarcar más, conviene llevar la práctica a cada momento de la vida, incluso si estamos aburridos, o descansando, porque yo como realidad estoy constantemente allí. 
Esta técnica básica y simple, produce la conexión de nuestra mente consciente con el centro, y una integración con toda la personalidad.
Si sólo trabajo una disciplina aislada, ejemplo sólo la meditación, o sólo el estudio filosófico, etc., ahondo sólo en un nivel de la mente; en cambio, la atención constante, integra paulatinamente todos los contenidos y esto, es muy importante para la salud mental y la realización espiritual. 

Es importante el equilibrio de la personalidad, porque de lo contrario, cuando venga un nuevo torrente de energía, una nueva expansión de consciencia profunda o superior, puede producirse un trastorno en algún sector de la personalidad que esté menos sólido y menos equilibrado.

El desidentificarse de una situación, supone despegarse, desprenderse de ella, porque nos impide vivir en equilibrio y no supone actuar hacia fuera, modificando el exterior, sino un trabajar hacia dentro, desviando la atención del objeto que nos altera y dejando pasar tiempo para enfriar las emociones y, al recuperar el silencio interno, la calma, poder actuar correctamente, es aflojar la relación interna de dependencia con lo que sucede. 

El desapego con mayúsculas se da cuando reconocemos nuestra identidad esencial, al ser que está más allá del tiempo, trascendiendo al ego. Para descubrir mediante la atención, esta realidad que somos, nos hemos de valer de la mente. La mente por un lado es un obstáculo, y por el otro, es ayuda, instrumento primordial. Es un obstáculo, por la manera rígida, tensa, acelerada y superficial a que está acostumbrada a funcionar, porque necesita constantemente atender necesidades y exigencias del exterior, que son de gran valor para la persona, que no sólo pone interés e inteligencia en solucionar sus problemas, sino que también pone miedo, ansia y hasta desesperación, quedando envuelta en mecanismos afectivos que son una traba. Al estar acostumbrada a pasar de un objeto a otro con rapidez, sin ahondar, sin ver con profundidad, con serenidad, cuando queremos comenzar a silenciarla, cuesta mucho trabajo. Otra causa que la convierte en un obstáculo, es que buscamos solucionar todos los problemas a través del pensamiento y el lenguaje, como lo hacemos con los problemas del mundo exterior; pero nuestra realidad interior, no podemos descubrirla mediante el pensamiento, sino por medio de otra de las muchas capacidades que tiene la mente que es la lucidez de nuestro intelecto, la atención sostenida, que nos permite ahondar, descubrir cosas nuevas y es la que se necesita para un trabajo interior.


Diferencia entre mirar y pensar.

Hay una gran diferencia entre estar atentos y razonar sobre algo. Al razonar, estamos juzgando, valorando, seleccionando; pero cuando simplemente miro algo, cuando aprendo a dirigir mi atención de una manera sostenida sobre algo, manteniendo esta actitud, es cuando puedo llegar a ver. 
Hay que educar la mente para que aprenda a mirar sin razonar, a fijar nuestra atención muy clara, muy despierta, muy lúcida, en un acto simple de mirar, porque ahí está la clave más importante para entrar en el mundo interior, en este mundo oculto, de posibilidades inmensas que hay en nuestra mente y en nuestro corazón. 
Luego, si conviene, podremos razonar, ya que no se trata de renunciar a nuestro juicio crítico, sino simplemente que cuando se trate de mirar, miremos. Manteniendo esa actitud de atención sostenida, se produce un fenómeno extraordinario: la mente adquiere la capacidad de entrar dentro de la cosa que mira, la capacidad de penetrar, esta es una de las principales diferencias entre el mirar y el pensar.

Con el pensar, sólo representamos las cosas por medio de ideas, interrelacionamos información, llegamos a ciertas conclusiones, imaginamos, formulamos hipótesis, fantaseamos, etc. 
El pensamiento se alimenta de la experiencia de vida acumulada en la mente a través de los sentidos y parte de la idea errónea de la identificación con la mente y el cuerpo. El pensamiento es útil utilizado para cosas puntuales, y es negativo cuando se hace dueño de nuestras vidas… 
Hay pensamientos negativos, impregnados de culpabilidad, crítica, miedos, moralidad, de estrategias del ego para imponerse a otros, cargados de conceptos religiosos que no se han visto a fondo, aparenciendo la idea del bien y del mal, etc. 
También hay pensamientos nobles de amistad, amor, plenitud, justicia social, esperanza, ayuda desinteresada, de belleza, de perdón, etc., que no nos alejan de la realidad, de la esencia, sino que nos acercan. 
Se trata de utilizar el pensamiento en su medida apropiada, trascender los pensamientos negativos, que vienen del ego y la idea que hay alguien que piensa; porque lo que soy, no es pensamiento, ni memoria, ni nada de lo que vivo con la mente. 

Soy el testigo inalterable, la presencia constante, más allá de lo que pienso.

El mirar es un acto simple, directo, eficaz, porque lo que veo, es lo que hay; puede que vea poco, porque la mente esté muy llena de cosas o porque no tiene la costumbre de mirar directamente, pero lo que veo, es lo auténtico, lo que tiene valor para mi. 
 Es fácil confundir el mirar y el ver lo que hay, con el juicio de valor y la conclusión que hacemos de lo visto. En el mirar, nos reconocemos como fondo aparte y anterior de las cosas. Generalmente, en la vida diaria, miramos y simultáneamente interpretamos lo que vemos, le ponemos etiquetas, sin diferenciar la parte intelectiva de lo que son las interpretaciones, conclusiones, hipótesis, etc. que formula la mente. 
El mirar, tiene la capacidad de ver la verdad de las cosas directamente, porque ese mirar surge desde el fondo de vida que somos. 
Mediante el mirar, podemos investigar y distinguir entre lo real y lo ilusorio, lo que vivo y lo que siento, cómo es mi personalidad, cómo se ha formado mi estructura psicológica, qué miedos, deseos, culpas, rencores, envidias, celos, agresividad, etc., hay acumulados en mi mente personal. 
Hay que mirar sin engaños y sin juicios, y luego de descongestionar esto, viene otra fase del mirar y es el qué soy como existencia, y en esta fase, también es indispensable que el mirar sea transparente, porque allí dentro, no hay posibilidad de interpretación, de lo contrario ya no es verdad, y por último, llega el descubrimiento de quién soy yo, y en esta fase, hasta el ver se reabsorbe en sí mismo, en su fuente; pero antes se descubre que ver, mirar y ser, es lo mismo, que no hay separación, ni diferencia. 
Ese ver es pura luz de inteligencia o consciencia cubierta por muchos errores de identificación con el cuerpo, mente y las consecuentes interpretaciones.

El mirar con perspectiva ayuda a la desidentificación como objeto y a reconocerse como sujeto observador de todo acontecimiento. El mirar sin interpretaciones mentales, va disolviendo los errores causantes del sufrimiento, porque uno se da cuenta que no es lo que ve, sino el ver mismo.