Realidad Esencial




REALIDAD ESENCIAL




Bienvenidos al blog donde investigaremos sobre la Realidad, sobre lo que realmente somos más allá de las apariencias e ilusiones, sobre la no-dualidad.

Lee las entradas con una mente abierta dejando que los contenidos te "resuenen", lo que no puedas aceptar, déjalo para más adelante. No se trata de creer nada, más bien, se trata de investigar por si mismo lo que nos apuntan los grandes maestros. La experiencia nos confirma que somos un potencial inmenso, infinito de amor, inteligencia y energía (en palabras del maestro Antonio Blay) a actualizar, a llevar a la acción…



Espero te sientas a gusto en este espacio creado con amor.

Juani


martes, 7 de marzo de 2023

Meditación no es pensamiento positivo

 

La conciencia y el pensamiento no son lo mismo. La conciencia trasciende el pensamiento, aunque utiliza el pensamiento y reconoce su valor y su poder.

La conciencia es más similar a un recipiente que puede abarcar y contener nuestro pensamiento. Nos ayuda a ver nuestros pensamientos y a reconocerlos como tales para que no nos quedemos atrapados en ellos creyendo que son la realidad.

En ocasiones, la mente pensante puede estar gravemente fragmentada. De hecho casi siempre lo esta.

Esta es la naturaleza del pensamiento. Pero la conciencia, extraída de cada momento con una intención consciente, puede ayudarnos a percibir que, incluso en medio de tal fragmentación, nuestra naturaleza básica está integrada y es completa.

No solo se ve limitada por el popurrí de nuestra mente pensante, sino que la conciencia es el recipiente que contiene todos los fragmentos, del mismo modo que cuando hacemos una sopa, la olla contiene las zanahorias cortadas, los guisantes, las cebollas y demás ingredientes y permite que se cocinen para transformarse en un todo: la sopa.

Pero la conciencia es un olla mágica muy similar al caldero del hechicero, porque en ella las cosas se cocinan sin que tengamos que hacer nada, ni siquiera encender un fuego debajo.

La propia conciencia se encarga de cocinar, siempre y cuando sea continua.

Nosotros simplemente tenemos que dejar que los fragmentos se vayan moviendo mientras los sostenemos en la conciencia. Cualquier cosa que surja en la mente o en el cuerpo, va a la olla, pasa a formar parte de la sopa.

La meditación no implica intentar cambiar nuestros pensamientos pensando un poco más. Implica observar los pensamientos en sí. El hecho de observar equivale a sostener, a contener.

Al observar nuestros pensamientos sin involucrarnos en ellos,podemos aprender algo profundamente liberador acerca de ellos, lo cual puede ayudarnos a ser menos esclavos de esos patrones de pensamiento (con frecuencia muy intensos en nosotros), que son limitadores, inexactos, egocéntricos y habituales hasta el punto de resultar ser una cárcel y claramente erróneos.

Otra forma de ver la meditación es considerar el proceso de pensar en sí como una cascada, como una corriente de pensamiento que cae continuamente. Al cultivar la atención plena, nos situamos más allá o detrás de nuestros pensamientos, de forma muy similar a cuando encontramos una cueva o un entrante en la roca detrás de una cascada desde donde podemos mirar. Seguimos viendo y escuchando el agua, pero podemos estar fuera del torrente.

Al practicar de este modo, nuestros patrones de pensamiento cambian por sí mismos de un modo que favorece la integración, la comprensión y la compasión en nuestra vida, pero no porque estemos intentando cambiarlos sustituyendo un pensamiento por otro que creemos que es más puro. El cambio se debe, más bien, a la comprensión de la naturaleza de nuestros pensamientos en cuanto que pensamientos y de nuestra forma de relacionarnos con ellos, con lo cual pueden estar más a nuestro servicio y no a la inversa.

Tomar la decisión de pensar en forma positiva puede ser útil. Pero no es meditación. Solo son más pensamientos. Con mucha facilidad podemos acabar convirtiéndonos en prisioneros del denominado pensamiento positivo tanto como del pensamiento negativo. El pensamiento negativo también puede estar fragmentado y ser limitador, inexacto, ilusorio, egocéntrico y erróneo. Hace falta algo más para suscitar la transformación en nuestra vida y llevarnos más allá de los límites del pensamiento.

J. K. Zinn

miércoles, 1 de febrero de 2023

¿Qué soy en Realidad?


 Todas las enseñanzas religiosas y espirituales apuntan al hecho de que hay algo —llámalo como quieras (pues no siendo una cosa, es en verdad innombrable)— aquí, justo en las profundidades de la experiencia presente, que no viene y va, que no puede romperse, pudrirse ni desintegrarse, ni siquiera en medio de la más extrema tristeza, dolor o miedo.

Es un lugar que siempre está profundamente bien, incluso cuando todo en la superficie parece no estarlo. Y, dado que se encuentra más allá de los opuestos, más allá del mundo dualista del pensamiento, está asimismo más allá del ciclo de nacimiento y muerte.

Nunca nació, y no puede morir. Es la completitud que la ola del océano desesperada busca pero nunca encontrará. Es el hogar.

Estamos tan ocupados intentando escapar del malestar y el dolor, y alcanzar la completitud en el futuro, que acabamos pasando por alto la incompletud presente.

Estamos tan ocupados intentando volver a casa que pasamos por alto el hecho ineludible de que ya estamos en casa.

Estamos tan ocupados intentando mantener una imagen de nosotros, intentando demostrarnos y demostrarle al mundo quiénes somos, que pasamos por alto que lo que somos es sencillamente el inconmensurable espacio abierto en el que todas las imágenes vienen y van.

Estamos tan ocupados buscando que acabamos pasando por alto este espacio abierto que lo contiene todo, un espacio abierto que es en sí mismo el final de la búsqueda.

Eres eso que buscas, como los grandes maestros espirituales nos han dicho siempre. Y no lo encontrarás en el futuro. Solo se puede encontrar en el ahora.



Decididos a gestionar las olas

Desde la perspectiva del océano (ese espacio, lo que somos….), nada es un problema, en el más profundo sentido. El dolor, la ira, la frustración... vienen y van en el océano, y no son, en sentido real, un problema.

Pero como los seres humanos no nos damos cuenta de quiénes somos realmente, hacemos un problema de ellos. Decimos: «¡Esta ola no debería estar en el océano! Pone al océano en peligro..., pone en peligro lo que soy. Impide, en cierto modo, la completitud del océano, y, si pudiera librarme de ella, volvería a haber completitud».

Lo que hacemos, en esencia, es no permitir que una ola esté en el océano. ¡No permitimos que una ola, que ya es expresión perfecta de la vida, esté en la vida!

Estamos tan profundamente condicionados a juzgar las olas, a dividirlas en buenas, malas, feas, hermosas, seguras, peligrosas, positivas o negativas que acabamos pasando por alto la completitud inherente a cada ola de experiencia: a cada pensamiento, sentimiento y sensación.

Nos erigimos en jueces de las olas y, básicamente, juzgamos que unas están bien y otras no están bien, así que permitimos que algunas existan en lo que somos y otras no. Y aquí es donde empieza eso a lo que llamamos resistencia.

Muchos maestros espirituales hablan de la resistencia que oponemos al momento presente y de cómo esa resistencia se halla en la raíz de todo nuestro sufrimiento psicológico.

Ahora podemos entender por qué nos resistimos a un pensamiento o sentimiento: le oponemos resistencia porque no vemos la completitud en él, porque, a cierto nivel, lo percibimos como una amenaza a lo que somos.

Nos resistimos por miedo, porque no vemos la inseparabilidad e intimidad que hay entre lo que somos y lo que aparece en la experiencia presente. Así que, a cierto nivel, sentimos que lo que está ocurriendo no está bien, y nos retiramos para evitarlo.

Ingeniamos maneras de hacerlo muy complicadas, pero, en esencia, lo que intentamos hacer es muy simple: libramos de las olas que no nos gustan. Deseamos tener el océano bajo control gestionando las olas, de modo que solo aparezcan aquellas que queremos que aparezcan.

Todo el sufrimiento humano es una variación de este tema: intentar controlar las olas, intentar controlar la experiencia del momento presente para que se amolde a nuestras ideas y conceptos de cómo debería ser.

Si quieres sufrir, ¡compara este momento con tu imagen de cómo debería ser!

Acabo escapando de cualquier aspecto de mi experiencia presente que considero que pone en peligro la completitud. Literalmente, entro en guerra conmigo mismo. Me divido en dos: yo, contra las «olas malas», las «olas peligrosas», las «olas oscuras» o las «olas diabólicas» que hay en mí. Ciertas olas que hay en mí se convierten en una amenaza, así que echo mano del mundo —del siguiente cigarrillo, la siguiente relación sexual, la siguiente jarra de cerveza, el siguiente subidón espiritual— para dejar de sentir lo que siento, para eludir ciertas olas y, en definitiva, para librarme de esta incompletitud, este vacío, este sentimiento de carencia que palpita en el centro de mi ser.

Me hago adicto (a amantes, a gurús, a sustancias diversas), me apego a rígidos sistemas de creencias o me mato a trabajar..., todo para no tener que experimentar lo que experimento, para no tener que sentir lo que realmente siento en este momento, para poder anestesiarme y no sufrir el dolor de ser humano. Como seres humanos, hacemos cosas muy complicadas, peligrosas e incluso violentas para escapar del malestar que nos provoca la experiencia presente. Pero lo que ocurre por debajo de esto es siempre muy simple: nos resistimos a lo que es.

Durante un rato, el dinero, el cigarrillo, el encuentro sexual, la experiencia espiritual parecen proporcionarnos alivio de este aprieto; el objeto externo o la persona parecen hacer que desaparezca la tristeza, la soledad, el miedo, y parecen darnos la completud que anhelamos. Me aferro a cualquier cosa que crea que me proporciona integridad.

Muchas enseñanzas espirituales hablan del apego, y ahora podemos entender por qué nos apegamos: cuando pensamos que esos objetos externos y esas personas nos están dando integridad, no podemos soltarnos de ellos, porque hacerlo significaría perder la integridad. Continuar enganchados a ellas puede llegar a ser una cuestión de vida o muerte.

Inconscientemente les otorgamos poder a esas personas y objetos de nuestro mundo que creemos que nos dan integridad, y, al hacerlo, perdemos nuestro poder y dejamos de confiar en nuestra experiencia.

Por eso, el buscador siempre busca un gurú —algo o alguien que tiene poder sobre él—.

El gurú adopta muchas formas distintas: puede ser un gurú espiritual (que parece tener el poder de la iluminación), un amante (que parece tener el poder del amor) o una botella de cerveza (que parece tener un misterioso poder de hacerte sentir mejor).

El objeto o la persona teóricamente te quitan el malestar, durante un tiempo. Durante un tiempo muy breve, el peso del yo, el peso de la búsqueda, desaparece, y sientes un alivio temporal del malestar, del dolor, del sufrimiento.

Cuando estás cerca de tu amante o de tu maestro espiritual, cuando estás viendo jugar a tu equipo favorito, cuando estás inmerso en la intimidad del encuentro sexual, en la emoción de los deportes extremos o en las profundidades de la meditación, todo parece volver a estar bien. La búsqueda se relaja y, durante un rato, dejas de sentir el peso de ser una ola separada.

Pero he aquí el problema: cuando retiras el alcohol, el maestro espiritual, el amante o la actividad, el malestar reaparece, a veces multiplicado.

Cuando te separas del objeto buscado —el objeto de la adicción, aquello que imaginabas que te estaba completando—, la búsqueda empieza de nuevo.

Muchas veces, solo cuando pierdes lo que pensabas que te completaba te das cuenta de la búsqueda que borboteaba por debajo de ello; simplemente, no eras consciente de que estuvieras usando a tu «gurú» para que te completara. La búsqueda era inconsciente.

Sí, es fácil creer que no buscas nada cuando todo te va bien, cuando tienes lo que quieres y la vida se porta bien contigo. Dices: «¡No necesito nada para completarme! ¡Estoy completo!». Pero entonces pierdes tu dinero, tus posesiones, la salud, a tu pareja, a tu gurú espiritual, la fama, el éxito, tu aspecto, los recuerdos de tu experiencia de iluminación; pierdes el objeto, la persona o la experiencia que pensabas que te completaba..., y la consiguiente completitud, la consiguiente soledad, la profunda insatisfacción con la vida —todo lo que se suponía que tus «poderosos» objetos o personas habían hecho desaparecer— vuelve a aflorar.

Ni el objeto, ni la persona, ni la experiencia pasajera tenían en realidad ningún poder..., al menos no el poder que tú realmente anhelabas: el poder de poner fin a la búsqueda, de una vez por todas. Así es, normalmente no nos damos cuenta de que estamos buscando hasta que experimentamos la pérdida; y la pérdida puede ser algo terrible..., o una auténtica oportunidad de comprender que, para estar completos, nunca hemos necesitado lo que creíamos necesitar.

¿Qué crees que necesitas para estar completo?

¿Qué tienes miedo de perder?

¿Qué, en caso de que lo perdieras, te haría estar incompleto?

La verdadera libertad no depende de ninguna fuente exterior. La verdadera libertad es ser libre de toda dependencia, es dejar de depender de las fuentes externas para que te completen.

El cigarrillo, los encuentros sexuales, la afectuosa mirada de un gurú no pueden darte una libertad permanente.

Solo cuando tu atención gire ciento ochenta grados para contemplar las olas no deseadas de las que huyes, existe la posibilidad de que descubras la libertad total y la paz en tu propia experiencia.

Jeff Foster


viernes, 27 de enero de 2023

El Amor

                                      

En la medida en que amamos nos convertimos en aquello que amamos. El amor tiende a unificar a amalgamar, a hacer una unidad de lo que aparecía como diverso, porque nos conduce al fondo y el fondo es realmente común. Por eso el amor, no se debe confundir con la intensidad de un sentimiento, pues es mas bien la profundidad del sentir.

Es la profundidad la que nos transforma, y no la intensidad por sí sola.

La intensidad viene determinada por un canal muy energético, y entonces puede darse un amor muy intenso aunque poco profundo. Se vivirán grandes cosas, pero del mismo modo que se viven, desaparecen. Lo que da estabilidad al amor no es la intensidad, sino la profundidad.

El acto de amor auténtico consiste en aprender a vivir, a amar, cada vez mas profundamente, mas genuinamente, mas desde el fondo, y esto es lo que nos va conduciendo hacia el centro.

La intensidad y la profundidad pueden ir unidas, pero también pueden no ir unidas. En la profundidad siempre hay intensidad, pero en la intensidad no siempre hay profundidad.

- En eso que estás diciendo ¿resultará que hemos de amar también a las personas que nos son hostiles, aunque en ellas no veamos amor?


- Es que el amor depende de ti, no del otro. Si el amor depende del otro, entonces ¿qué amas?, no amas al otro, amas lo que él hace, lo que te da.

El amor eres tú. Sé tú mismo amando, y cuanto mas profundamente ames, más tú mismo serás. Pero ahora el amor es una transacción mental: me conviene, no me conviene, me cae bien, etc., y eso no es amor.


- He entendido que hemos de amar a todas las personas de la misma forma, y a mí me parece que no es posible.

- He dicho que el amor es uno, y en la medida en que ese amor está actualizado en nosotros, está ahí siempre, indistintamente. El problema es que como yo no estoy viviendo allí donde el amor es, sino que estoy metido en la mente por mi funcionamiento defectuoso, entonces confundo el amor con mis ideas de valor de las personas. Y a unos les digo que sí, y a otros que no, en función de cómo concuerdan con mi escala de valores, con mi comparación, con mis exigencias, con mis modelos. Pero si yo viviera el amor en su sitio, me daría cuenta de que hay un amor total, indistinto, indiscriminado, para todo el mundo y para todas las cosas.


- ¿Entonces deberíamos amar a todos los seres de la misma manera?

- En efecto. No podemos amar a dos seres de una manera distinta puesto que el amor es Uno, y eso es lo que somos. Si yo soy auténticamente yo, amaré indistintamente, con un amor total, aunque luego exprese ese amor de un modo diferente de acuerdo a mi inteligencia y mi visión de cada una de las situaciones. Pero una cosa es la expresión, como yo expreso el amor, y otra cosa es el amor que yo vivo.

El amor es uno, no es múltiple. El amor no es que sea grande para algunas personas y pequeño para otras. El amor es una realidad, es una luz encendida, es un sol, es un volcán que está dentro, y el volcán sigue siendo el mismo en todo momento. El problema es que no vivimos el amor donde está, sino a través de la mente, y es la mente la que está diciendo a este sí y a este no, este es bueno y este es malo, este me ayuda y el otro es enemigo.

De este modo se da la paradoja de que viviendo el amor con unos seres, se vive odio o indiferencia respecto a otros.


- Yo siento el amor por unas determinadas formas, esto no encaja…..

- El amor en sí no tiene forma. El Amor en sí es Plenitud, la forma se la da la mente. El amor es un sentir, no es un pensar. Vive el amor en el sentir, mantente atento a ese sentir y descubrirás que ese amor es una totalidad en sí que no tiene formas.


- Entiendo que el amor es darse, pero nosotros sólo amamos en la medida en que somos correspondidos.

- El amor para nosotros, es como si fuera algo que damos al otro, se vive así, en un sentido siempre transitivo, relacional. La visión debiera ser otra. Cuando uno trabaja interiormente, descubre que es de otro modo.

El amor no es que yo lo tenga, que sea una cosa que pueda dar o no dar.

El amor soy yo mismo. El amor es mi fondo. Y amar a una persona significa que sea yo mismo desde el fondo en relación con la otra persona.

El amor no es una sustancia que yo de, que a uno doy y a otro no doy, a uno doy mas y a otro menos.

El amor es mi naturaleza profunda, y amar a una persona es ser uno mismo profundamente abierto en relación con ella.

Si intuyes esa visión, verás como cambia tu sentido del amor. Por eso digo que cuanto más amas, más tú mismo eres. Y que al amar, nunca le estás haciendo un favor al otro, es el otro el que te está haciendo un favor a ti, por permitirte ser mas tu mismo. Pero como esto se vive a través del yo-idea que está juzgando, valorando, calculando lo que puede conseguir, dice: “yo te amo si….” Y entonces es cuando viene el drama, porque el otro dice que sí… y luego pasa a decir que no.

Antonio Blay

Despertar y sendero de realización

sábado, 21 de enero de 2023

“El silencio da entrada a una visión directa de la Realidad”


Lo malo del pensamiento es cuando te identificas con él. Es necesario hacer silencios en la mente y en las emociones para contemplar y experimentar directamente la vida. Entender es intelectualizar, teorizar; comprender es experimentar la Unidad.

Has de distinguir muy bien lo que significa comprender para no confundirte creyendo que estás comprendiendo cuando solamente entiendes cosas. Entender cosas es descifrar símbolos: descifras símbolos del lenguaje o descifras símbolos matemáticos, símbolos técnicos u otros. Entonces entiendes. También hay a quien le interesa descifrar símbolos religiosos. Entonces entiende de eso, de descifrar símbolos. Pero eso no es comprensión; comprender es integrar cada una y todas las cosas en una totalidad.

El pensamiento no es malo ni bueno, simplemente es un instrumento psicofísico mecánico, no creativo, que, habitual e inconscientemente, se identifica con la propia identidad. En esa identificación está el problema.

La visión de la Verdad es lo único que ofrece soluciones en los conflictos, tranquilidad, felicidad incluso.

Por no haber observado el funcionamiento de la mente se puede confundir una intuición o visión verdadera con el pensamiento que la formula.

Es necesario hacer silencio en los pensamientos y en las emociones que ocasionan para poder observar el funcionamiento de la mente. Al hacerlo, y no antes, se descubre que la realidad no es lo que parecía mientras estábamos identificados con los pensamientos, es decir, con las sensaciones interpretadas, con teorías o doctrinas acumuladas en la memoria y luego repetidas de mente en mente.

El silencio da entrada a una visión directa de la Realidad. Desde él se percibe ya la brisa de algo verdadero; y se descubre allí también algo de la plenitud del Ser a distintos niveles de percepción.

La paz y felicidad que anhelamos están en lo profundo de nosotros mismos y únicamente desde allí la recibe la persona. Creemos que la persona la obtiene desde fuera y la buscamos inútilmente en experiencias exteriores. Ese es un error de graves consecuencias. Nos falta lucidez.

Atravesadas las zonas condicionadas por creencias y emociones de todas clases, la Luz de la conciencia que eres se manifiesta en un vivir sereno, armonioso y creativo. La claridad de la conciencia ilumina nuestra vida. Esto quiere decir que lo que vivimos es siempre expresión del lugar interno de la conciencia en que nos encontramos.

Contemplar es profundizar más y más en la conciencia. Al hacerlo, veo todo más claro y, por consiguiente, me muevo de manera más inteligente y armoniosa. Al hacerlo, lo descubriré. Pensar sobre ello, mantenerlo en la memoria como una teoría más, no servirá de nada.

Cuando hablamos de contemplación, nos estamos refiriendo aquí a una nueva manera de colocar la mente mirando hacia el origen de la Luz. Esto no es un ejercicio que se aprende por repetición y se hace para conseguir algo ajeno al meditar mismo, pues el mismo deseo de conseguir algo obstaculiza esa colocación mental. La contemplación se realiza por amor a la Verdad, a la Libertad, a la Belleza o al Amor mismo.

No puede tratarse de forzar nada en la contemplación. Sin la verdadera vocación por contemplar no tiene sentido intentarlo pues la intención sería falsa y los resultados engañosos. Antes de contemplar, o meditar, ha de darse en la persona un “des-engaño” por buscar la felicidad y realización en lo externo, en las apariencias. Y aquí, volvemos a la necesidad de la reflexión e investigación filosófica vivencial.

No se medita para conseguir mejores cosas o situaciones en la vida. Se hace, en realidad, cuando hay un anhelo intenso por descubrir la vida verdadera. Si ese anhelo está tapado con evasiones, no se emprenderá un camino contemplativo hasta haberlo puesto al descubierto. Intentarlo por mera curiosidad no llevará a ninguna parte. Las vicisitudes de la vida pueden parecer que van abriendo paso a esa sincera necesidad, pero no sucede así necesariamente.

Si lo que anhelamos es la Belleza verdadera hemos de ir a buscarla donde se encuentra, en el origen de nuestro anhelo. Eso requiere silencio de emociones y deseos. Contemplar la Belleza traerá belleza a nuestra vida.

El silencio está siempre detrás del ruido de los pensamientos y emociones, detrás de la distracción con las sensaciones y actividades. El silencio está siempre ahí. Habría que hacer una parada del aturdimiento y volvernos a nuestro interior.

¿Cómo conseguir el silencio?

Mejor tendríamos que preguntarnos como conseguimos ahogar con nuestras distracciones la bella melodía del silencio. En contacto con la naturaleza es más fácil percibir esa bella melodía.


Consuelo Martín




lunes, 5 de diciembre de 2022

Aprender a Contemplar


No es necesario marearse con técnicas, el sólo estar Presentes aquí y ahora, hace que la contemplación venga por sí sola, a pesar de uno.

Al contemplar nos damos cuenta que no somos nada de lo que creemos ser y que no somos nada. Aprendemos a ver lo que somos, a Ser. Nos damos cuenta de lo que está sucediendo momento a momento. La verdad brota en el silencio y es siempre nueva.

Si observo los pensamientos, me doy cuenta que primero los veo y después me viene la emoción; no es que esté triste, temerosa…., sino que me ha pasado por la cabeza un pensamiento triste, de temor….: “ha pasado un pensamiento por mi mente, pero yo no soy el pensamiento”.

Recordar que los pensamientos vienen y se van, impermanencia.

Los pensamientos, las emociones, son aspectos de lo físico, de lo mecánico, entonces, porqué voy a identificarme con ellos y vivir todas esas emociones desagradables?. Si quiero Liberarme de las emociones, debo abandonar tanto las positivas como las negativas, si me identifico con las positivas, también lo haré con las negativas.

Para liberarme debo tomar distancia y observar los pensamientos, cualquiera sea su tónica. El verdadero Ser está más allá de los opuestos.


La Ilusión

Todo lo que existe es energía que funciona en el nivel de las formas exteriores: fenómeno, apariencia, sueño, imagen, maya, Ilusión.

Esa ilusión la crea la mente que construye imágenes a través de lo que perciben los sentidos. Si le doy realidad a los sueños, a la ilusión, entonces no Soy, soy como un fantasma que aparece en el tiempo, y si me identifico con ese fantasma, soy todo lo que sueño: feliz, infeliz, inteligente o torpe, más querido o menos, etc. Al estar identificado, aparece el conflicto, el malestar, la angustia, la preocupación, y aunque lo tape, está ahí y en algún momento saldrá y lo veré.


Discernimiento

Lo único Real es la Conciencia descubriendo la Verdad, el Darse Cuenta, y viene como consecuencia de la mente contemplativa, así aparece el discernimiento, vemos lo verdadero.

Contemplar es mirar con una mirada inocente, de una manera nueva, libre de emociones y de pensamientos, es mirar sin dar nada por sentado, por sabido, soltando todo lo aprendido, como si mirara por primera vez, olvidando los conocimientos psicológicos y el consenso de opiniones.

A partir de descubrir la Verdad, se irá construyendo mi vida espontáneamente, sin ninguna preocupación, sabiendo cuando algo me permite estar más despierta o cuando algo me atrofia.


www.centroelim.org


domingo, 23 de octubre de 2022

Libérate de tu mente - E. Tolle


EMPIEZA POR ESCUCHAR LA VOZ QUE HABLA DENTRO DE TU CABEZA, y hazlo tan frecuentemente como puedas. Presta una atención especial a cualquier patrón de pensamiento repetitivo, a esos viejos discos de gramófono que pueden haber estado dando vueltas en tu cabeza durante años.

Esto es lo que llamo «observar al pensador», que es otra manera de decir: escucha la voz dentro de tu cabeza, mantente allí como presencia que atestigua.

Cuando escuches la voz, hazlo imparcialmente. Es decir, no juzgues. No juzgues ni condenes lo que oyes, porque eso significaría que la misma voz ha vuelto a entrar por la puerta de atrás.

Pronto te darás cuenta de esto: la voz está allí y yo estoy aquí, observándola. Esta comprensión Yo soy, esta sensación de tu propia presencia, no es un pensamiento. Surge de más allá de la mente.


Así, cuando escuchas un pensamiento, no sólo eres consciente del pensamiento, sino también de ti mismo como testigo del pensamiento. Ha hecho su aparición una nueva dimensión de conciencia.


CUANDO ESCUCHAS EL PENSAMIENTO, sientes como si hubiera una presencia consciente —tu yo profundo— por debajo o detrás de él. De este modo el pensamiento pierde su poder sobre ti y se disuelve rápidamente, porque ya no energetizas tu mente mediante la identificación con ella. Es el principio del fin del pensamiento compulsivo e involuntario.

Cuando el pensamiento se aquieta, experimentas una discontinuidad en la corriente mental, una brecha de «no-mente».

Al principio las brechas serán cortas, tal vez duren unos segundos, pero gradualmente se irán prolongando. Cuando ocurren estas discontinuidades, sientes cierta quietud y paz dentro de ti. Es el principio del estado natural de sentirte unido al Ser, generalmente nublado por la mente.

Con la práctica, la sensación de quietud y de paz se va ahondando. De hecho, esa profundidad no tiene fin. También sentirás una sutil emanación de alegría elevándose desde lo más hondo de ti: la alegría de Ser.

En este estado de conexión interna estás mucho más alerta, más despierto que en el estado de identificación mental. Estás plenamente presente. Y también se eleva la frecuencia vibratoria del campo energético que da vida al cuerpo físico.

A medida que profundizas en este reino de la no-mente, como a veces se le denomina en Oriente, vas alcanzando el estado de conciencia pura. En ese estado sientes tu propia presencia con tal intensidad y alegría que, en comparación, todo pensamiento, toda emoción, tu cuerpo físico y todo el mundo externo se vuelven relativamente insignificantes. Sin embargo, no es un estado de egoísmo, sino de desprendimiento y generosidad. Te lleva más allá de lo que pensabas que era «tu identidad». Esa presencia es esencialmente tú, y al mismo tiempo es inconcebiblemente mayor que tú.

EN LUGAR DE «OBSERVAR AL PENSADOR», también puedes crear una apertura en la corriente mental por el simple hecho de dirigir el foco de tu atención al ahora. Basta con que te hagas intensamente consciente del momento presente.

Esto es algo por demás satisfactorio. De este modo retiras la conciencia de tu actividad mental y creas una brecha sin mente en la que estás muy alerta y consciente, pero no piensas. Ésta es la esencia de la meditación.

En TU VIDA COTIDIANA puedes practicar esto tomando cualquier actividad rutinaria, que habitualmente sólo es un medio para un fin, y darle toda tu atención para que se convierta en un fin en sí misma.

Por ejemplo, cada vez que subas o bajes las escaleras en tu casa o en tu puesto de trabajo, presta mucha atención a cada escalón, a cada movimiento, incluso a tu respiración. Mantente totalmente presente.

O cuando te laves las manos, presta atención a todas las percepciones sensoriales asociadas con esa actividad: el sonido y la sensación del agua, el movimiento de tus manos, el aroma del jabón, etc.

O cuando entres en tu coche, después de cerrar la puerta, detente durante unos segundos y observa el flujo de tu respiración. Toma conciencia de una silenciosa pero intensa sensación de presencia.

Hay un criterio que te permite medir el éxito logrado en esta práctica: el grado de paz que sientas en tu interior.

El paso más vital en tu camino hacia la iluminación es éste: aprende a no identificarte con tu mente. Cada vez que creas una apertura en el flujo mental, la luz de tu conciencia se fortalece.

Puede que un día te sorprendas sonriendo a la voz que suena en tu cabeza como sonreirías a las travesuras de un niño. Esto significa que has dejado de tomarte el contenido de tu mente tan en serio, y que tu sentido de identidad ya no depende de él.


domingo, 18 de septiembre de 2022

Aceptación


Cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el Profundo sonríe por lo que ha encontrado. Dicho Sufí.



¿Nos ha dado pena esa pérdida?, ¿ha finalizado la relación con una persona amada?, ¿ha desparecido alguna cosa muy simbólica?, ¿últimamente la vida pasa monótona, sin todavía vivenciar eso que uno anhela?, ¿acaso la salud nos ha dado un “aviso”? ¿tal vez la economía flaquea?, ¿acaso han herido nuestro ego?, ¿o bien es la rabia y la impotencia acompañadas de oscuros deseos de venganza?

Si miramos hacia atrás en nuestra vida y observamos la de aquellos que nos rodean, sabremos muy bien que ésta es un rosario en el que las risas se alternan con las lágrimas. Uno también intuye que toda experiencia por dolorosa que sea, trae envuelta enseñanzas insospechadas. La evolución como rueda de molino, refina y sutiliza a las personas y a las cosas. ¿Por qué nos duele tanto la pérdida? La respuesta señala a nuestro yo que se confunde e identifica con eso que se va, generando una sensación que nos fragmenta. En realidad, somos mucho más que nuestras partes. Nuestra existencia tiene otro alcance y la capacidad de crecer internamente es ilimitada.

Todos sabemos que cuando uno sufre, de poco sirve decirle que hasta la pérdida más dolorosa es una vivencia que madura el alma. Sin embargo, cuando uno recuerda que puede observar su dolor y comprender que éste es pasajero porque se trata tan sólo de la otra cara de la moneda, la tensión afloja y asoma un rayo de esperanza. Uno sabe que si acepta lo que duele, si acepta que el dolor forme parte del gran juego, sucederá que la tormenta se apacigua y uno se libera. Cuando sufrimos un desgarro por la pérdida nos tornamos más sensibles al tiempo que disolvemos formas ilusorias. Más tarde, sentimos el corazón expandido y miramos la vida con otras gafas.


¿Acaso alguien todavía duda que tras la noche oscura no tarda en llegar el alba?

¿Sabemos ya que tras el llanto de la pérdida, se oye la suave alegría de las nuevas llegadas?


El dolor es transitorio, siempre pasó de largo dejándonos el pecho sin corazas. En realidad, el dolor es un “cohete” hacia el Espíritu que abre nuestra sensibilidad y revela el sentido último de la existencia. El dolor prepara silencioso el estallido del amor escondido que uno guarda.


Si hay dolor, aceptémoslo y recordemos que no hay errores, ni castigos, ni siquiera culpas, tan sólo aprendizajes y crecimientos del alma. En el fondo, y mientras su influencia pasa, uno resiste afirmado en sus valores, y desde ahí, siempre gana. No hay culpables, tan sólo conductas y programas. No pensemos que el Universo es un lugar diseñado para sufrir en nombre de las pérdidas. Tenemos derecho a ser felices y, si el dolor llama a la puerta y ocupa temporalmente la morada, tengamos en cuenta que la Vida florecerá exquisita en lo más hondo de nuestra esencia.

Tal vez en plena confusión, uno no se da cuenta de lo que realmente pasa. Sin embargo, sabemos muy dentro, que tras la película dolorosa viene algo maravilloso que sentimos merecer por el simple hecho de darnos cuenta. Se trata de un milagro que se acerca veloz a nuestras vidas pero, ahora, de forma diferente y renovada. No se trata de “más de lo mismo” y, sin embargo, es justo aquello que nuestro Ser Interno, aunque no lo creamos, anhela y demanda. Confiemos. Dejémonos fluir y resbalar por las cascadas de la vida cotidiana. En realidad, mientras aceptamos, sabemos que ya llegan goces más profundos que abrazan nuestro pecho y hacen vibrar a nuestra alma.

J.M.Doria

sábado, 10 de septiembre de 2022

Nuestra experiencia está en perfecto equilibrio


Nuestra experiencia está en perfecto equilibrio: si hay guapo, tiene que haber feo. Si hay éxito, tiene que haber fracaso. Si hay iluminado, tiene que haber no iluminado. Si hay amado, tiene que haber no amado. Así son las cosas, y no es un problema hasta que entramos en guerra con el modo en que son, hasta que nos oponemos al equilibrio de la vida.


La belleza de la vida es que está en constante movimiento, siempre cambiando. No podemos sentir lo mismo todo el tiempo. En la experiencia presente, no hay «todo el tiempo», y tampoco hay «nunca»; solo la danza de las olas ahora.

Cuando decimos: «Quiero ser atractivo, quiero ser guapo», lo que queremos decir es que deseamos sentimos atractivos todo el tiempo, nunca sentirnos feos. Recuerda, lo que eres no puede ser nada en particular, pero, a la vez, lo que eres es la facultad de sentir cualquier cosa ahora.

Queremos ser algo inmutable y sólido en el tiempo y el espacio, y sin embargo, cuando observamos, vemos que nuestros sentimientos están constantemente fluctuando, cambiando, en el momento intemporal.

La realidad es que, en cualquier momento, podemos sentirnos bellos o feos. A veces sentimos que somos un éxito, y a veces que somos un fracaso.

A veces nos sentimos débiles, y a veces fuertes. A veces nos sentimos seguros, y a veces inseguros.

A veces nos sentimos alegres, y a veces tristes.

A veces sentimos que estamos a favor de algo, y a veces en contra de eso mismo.

Así es como son las cosas, y es totalmente natural tener estos sentimientos aparentemente contradictorios uno detrás del otro, o incluso sentirlos al mismo tiempo. No nos gustan las paradojas, pero, cuando comprendes que somos en esencia criaturas paradójicas y que eso está profundamente bien, ves lo natural que es no sentir lo mismo todo el tiempo.

En el océano que eres, el cambio, la fluctuación y la impermanencia son la manera de ser de las cosas. Al océano inmutable le encanta expresarse en forma de olas que cambian constantemente; lo que sucede es que, en nuestro empeño por ser un yo coherente, por tener un relato de quiénes somos sólido, congruente e inmutable, consideramos negativa la incoherencia y la volubilidad, e intentamos evitarlas a toda costa.

Queremos sentirnos igual mañana que hoy. Queremos tener los mismos pensamientos y opiniones, querer las mismas cosas, albergar las mismas creencias día tras día y año tras año.

No queremos cambiar de idea. No queremos que se nos considere personas volubles, cambiantes, con las que no se sabe a qué atenerse, incapaces de decidirse por una cosa o por otra.

El cambio, el movimiento, el flujo son la manera de ser de todo cuanto existe, y sin embargo, nosotros deseamos ser inamovibles, llevar por bandera una imagen definida e inmutable de quiénes somos, contar un cuento coherente sobre nosotros mismos día tras día.

Queremos ser algo, no obstante, nuestra naturaleza nos impide ser jamás «algo» fijo. Y a causa de nuestro malentendido sobre quiénes somos realmente, entramos en guerra con la integridad de la experiencia, intentando inmovilizar el flujo natural de la vida..., lo cual tiene como resultado una gran frustración y sufrimiento.

Estamos en guerra con los opuestos; rechazamos cualquier opuesto que no se ajuste a nuestra imagen de nosotros mismos, y no nos damos cuenta de algo muy importante: de que en realidad, no hay opuestos. Los opuestos son creación de la mente. Solo la mente separa la realidad, divide en dos las experiencias y luego se lanza en pos de uno de los opuestos e intenta escapar del otro.

He aquí algo que resulta crucial entender: en realidad, los sentimientos no tienen opuesto. La energía del cuerpo no tiene opuesto. La vida no tiene opuesto.

¿Puede tener un opuesto el canto de un ave? En este momento, escuchando a un pájaro cantar, ¿hay algo semejante a un opuesto? Es posible que el pensamiento diga que «lo opuesto de un pájaro que canta es un pájaro que no canta», pero eso no es más que otro pensamiento, otra imagen que aparece justo ahora. ¿Tiene el auténtico pío, pío de un pájaro —escúchalo— un opuesto, en la realidad?

¿Tiene este momento un opuesto? ¿Tiene un opuesto la presencia de la vida aquí y ahora? ¿Hay realmente algo que se oponga a ella?

¿Tiene un opuesto la sensación? Pellízcate. Pon tu atención en las intensas sensaciones que siguen. ¿Puedes encontrar algún opuesto a esas sensaciones? Sí, claro, el pensamiento diría que «lo opuesto de este dolor es la ausencia de ese dolor», pero, de nuevo, eso no es más que otro pensamiento que aparece ahora.

En realidad, ¿tiene la sensación presente un opuesto que puedas encontrar de verdad en la experiencia presente?

¿Es un sentimiento abominable lo opuesto de un sentimiento hermoso, o son simplemente dos experiencias muy distintas, acompañadas de sensaciones diferentes, de sabores diferentes?

¿Es un sentimiento alegre lo opuesto de un sentimiento triste? El pensamiento diría que lo son, pero, fuera del pensamiento, ¿encuentras algún opuesto?

En la realidad, no existe lo opuesto de un sentimiento o una emoción. Todo sentimiento y toda emoción son una experiencia completa en sí mismos.

La experiencia en sí no tiene opuesto. Sentirse feo no es lo opuesto de nada..., es simplemente sentirse feo. Sin calificar de «negativo» sentirse feo y de «positivo» sentirse guapo, sin convertirlos en opuestos, vemos que sentirse feo es sencillamente una experiencia que está sucediendo ahora..., nada más que una ola de experiencia, nada más que algo que pasa por nosotros. Ninguna ola es intrínsecamente mejor ni peor que cualquier otra. Es solo energía de vida con un movimiento en particular.

Profundicemos un poco más. No solo es que la belleza no sea lo opuesto de la fealdad, sino que la fealdad es además simplemente un concepto, y, como tal, no puede capturar la auténtica experiencia del momento presente. En otras palabras, sin el relato que cuenta que lo que estoy experimentando es fealdad, ¿qué está ocurriendo aquí de hecho?

Sin el relato de que lo que experimento en este momento es el fracaso, ¿qué hay aquí de hecho?

Sin el relato de que lo que experimento en este instante es dolor, pesar, aburrimiento, ira, malestar, depresión, confusión, o incluso búsqueda, ¿qué hay de hecho aquí?

Sin cualquier relato sobre lo que está sucediendo ahora, sin catalogar esta experiencia como «fracaso» y compararla con el éxito, sin calificarla de «fealdad» y compararla con la belleza, sin llamarla «ira» o «dolor» y compararla con sus opuestos conceptuales, ¿cómo sé lo que de hecho estoy sintiendo?

Como decía antes, sin relato, no tienes forma de saber lo que estás experimentando. Sin ningún relato, sin nombrar las olas, la vida es simplemente energía en bruto, energía pura, en movimiento. Es el océano —sin nombre, y misterioso—.

Intentamos calificar esa energía; la juzgamos, tratamos de escapar de ella, la convertimos en el negativo de un opuesto positivo, y luego buscamos lo positivo. Y sin embargo, por debajo de todo esto, ni siquiera sabemos en realidad de qué huimos.

Llamamos a una ola «miedo», «ira», «tristeza», «aburrimiento», «pesar», «alegría» o «dolor» porque estos son los nombres y conceptos que hemos aprendido —solo por eso—, y luego o intentamos escapar de estas olas o nos aferramos a ellas. Pero quítales todos esos rótulos que les has puesto y, en realidad, ¿de qué intentas escapar, o a qué te aferras? ¿Lo sabes?

¿Qué sucede cuando nos desprendemos de todos los rótulos, de todas las descripciones que hemos aprendido, y afrontamos la energía en bruto de la vida tal como es en este momento, sin intentar cambiarla, eludirla ni aferramos a ella?

¿Qué ocurre cuando nos desprendemos de todas las descripciones de lo que es o no es este momento y sentimos profundamente las sensaciones presentes?

Aquí es donde empieza la verdadera aventura de la vida.

Cuando trasciendes el relato de lo que sientes en cualquier momento, acabas viendo que en realidad nunca has sabido realmente de qué escapabas. Y te encuentras con la energía en bruto de la vida. Estás desnudo ante la vida..., y esta es la verdadera sanación. Es el derrumbe de todas las ideas sobre cómo debería ser este momento.

J. Foster

domingo, 15 de mayo de 2022

Para vivir la Realidad

 

Despertar quiere decir dejar de vivir en el mundo mental y vivir en la Realidad, en el momento Presente, en lo que está sucediendo aquí y ahora. Despierto quedan todos los juicios en suspenso, el entorno no nos presiona, ni nos invade y nos damos cuenta de que somos la vida en expresión.


Cuando empezamos a despertar, esa experiencia es breve y no se puede mantener, pero nos habrá marcado por su autenticidad y por ser una experiencia real y vívida del lugar hacia el que nos dirigimos. Hay que hacer todo un proceso para estabilizar dicha experiencia.

1- Darse cuenta que uno está dormido y despertar aunque sea por unos momentos, para luego trabajar en esa dirección.

2- Descubrir el error, el personaje, el ego, los mecanismos aprendidos mediante los que funcionamos, para trascenderlos.

3- Reequilibrar y expresar el yo-experiencia, para dejar de vivir en el yo mental o personaje y vivir la Realidad.

4- Paralelamente al trabajo anterior, realizar la limpieza del inconsciente.




¿Para qué hacer limpieza en el inconsciente?


Para ser capaces de vivir el momento presente, sin arrastrar temas del pasado, estar lo suficientemente libres para vivir el aquí y el ahora, sin lastres que influyan en nuestra conducta.

Lo mismo nos esclaviza un pasado doloroso que uno glorioso, por lo que es fundamental limpiar el inconsciente paralelamente a fortalecer el yo experiencia (dejar de vivir en el yo mental o personaje para vivir la realidad, el yo experiencia.

Lo que hemos desarrollado menos es lo que nos hace sufrir, así que es eso lo que hay que trabajar más, pero siempre en los tres ejes (energético, afectivo e inteligencia). Cuando los tres centros estén desarrollados adecuadamente, no necesitaremos manipular el afuera para cubrir nuestras carencias, sino que, veremos la oportunidad en cada momento de expresar lo que somos, las capacidades que tenemos.

Equilibrar el yo experiencia (ego sano) es madurar como personas adultas. El objetivo del yo experiencia es conseguir que en cada situación, los pensamientos, emociones y acciones sean lo más adecuado en aquel momento.

Cada momento es único, por lo que debemos estar bien despiertos para actuar dando la respuesta más adecuada a ese momento, actuar y expresarnos libremente en cada situación, más allá de lo mecánico.

“Yo solamente puedo hacer aquello a lo que me siento llamado a hacer, cualquier otra cosa, sería una traición contra mi propia persona.” Solo cuando nos experimentamos tal y como somos, obtenemos la propia felicidad y plenitud, por lo que el autoconocimiento nos hace “libre” internamente.

El inconsciente es nuestro aliado, ya que es parte de nosotros mismos y busca nuestro bien, pero ese bien no es el mismo a los 4 o 5 años que a los 40 y, aunque los años han pasado, el inconsciente es atemporal y sigue con las mismas normas, que ya no nos son útiles, por lo que habrá que cambiarle las normas y explicarle claramente y él nos prestará su apoyo.

Por otro lado, el inconsciente es como una caja o un baúl donde guardamos todo lo que no queríamos ver, nos asustaba o queríamos ignorar, por lo cual, dentro de él, hay cosas que considerábamos “terribles” de nuestra infancia y de nuestra adolescencia, que cuando las miramos ahora, parecen tonterías.

Además nuestro inconsciente no nos mostrará nada que no podamos sortear sin problemas, por lo que no debemos temer, el inconsciente está deseoso de liberarse de todo ese peso inútil.


La limpieza ha de ser en los tres niveles:

- Limpieza del inconsciente energético para recuperar nuestra fuerza, energía, espontaneidad, sexualidad.

- Limpieza del inconsciente emocional para estar más cerca interiormente de las personas y amarlas.

- Limpieza del inconsciente intelectual, para soltar las creencias impuestas, la rigidez mental.



Todo lo que hemos acumulado, nos pesa y nos impide despegar. Al limpiar esa carga retenida, la energía del inconsciente se une a la de la parte consciente y nos vivimos con más energía, logrando una adultez equilibrada, una normalización del ser humano, para poder trascenderla hacia los niveles superiores, y dejar que se trasluzca la Realidad que somos.

Apuntes tomados de A. Blay

martes, 10 de mayo de 2022

La noche oscura del alma


Muchos místicos, en su camino para encontrarse con Dios, se han referido a un periodo de confusión, tristeza, miedo y soledad al que han denominado «la noche oscura del alma». Muchos de nosotros, aunque no seamos místicos, sí que tenemos la experiencia de que, cuando queremos abandonar ese espacio al que hemos llamado «identidad», entramos en otro que está lleno de dudas y confusión. En este nuevo espacio, que también se llama de «hundimiento», el ser humano se siente perdido y le cuesta pensar con claridad. Todo a su alrededor se ve cubierto por la niebla y ya no sabe hacia dónde va. Emociones como la ansiedad, el miedo o la desesperanza hacen su aparición.

La mente enjuiciadora, que lo único que pretende es que, como una oveja, volvamos al redil, empieza a acribillarnos con interpretaciones y valoraciones que a lo único que nos invitan es a dejar de seguir explorando y a volver a nuestro punto de partida, de donde tal vez pensemos que nunca teníamos que haber salido. Es una llamada a la resignación, al conformismo, a creer que la transformación personal sólo es una bella utopía.

Hay que estar muy alerta cuando uno empieza a experimentar esa noche oscura, porque en realidad lo que está ocurriendo es justo lo contrario de lo que parece. Si abandonamos en este momento, si nos dejamos conducir una vez más por nuestras emociones, entonces sí que perderemos gran parte de lo que habíamos ganado atreviéndonos a salir de nuestra zona de confort.

Cuando nos sentimos confusos y perdidos es porque estamos a punto de hacer un descubrimiento, de tener una revelación, ya que tras esa área de oscuridad y hundimiento se encuentra el área de descubrimiento, el espacio donde uno empieza a comprender en hondura ciertas cosas. Es el lugar desde donde se despliega nuestra creatividad y encontramos nuevos caminos para acceder a aquello que previamente, cuando estábamos en nuestra zona de confort, se nos resistía.

No sólo hay que tener un verdadero corazón de guerrero para adentrarse fuera del área de confort, sino que hay que tener ese mismo corazón para seguir avanzando en medio de la confusión y la oscuridad. Mantener el coraje, la confianza y la certeza absoluta de que algo valioso, aunque no lo veamos, está aflorando dentro de nosotros, es esencial.

Nuestra consciencia está despertando, pero nuestra mente intelectual y racional, que depende de nuestro ego, no sabe qué es lo que está ocurriendo, pero sea lo que sea, de alguna manera amenaza su existencia. Es normal esta reacción de nuestra identidad, de nuestro ego, ya que cuando se produzca el verdadero despertar de la consciencia, el ego no morirá, sino que sencillamente empezará a desvanecerse. Será algo así como la oscuridad desvaneciéndose en presencia de la luz.

Si nos sentimos mal cuando estamos en medio de nuestra noche oscura, no es porque estemos mal, sino porque, como estamos acostumbrados a creer que somos nuestra identidad, nuestro ego, las emociones de la identidad que está siendo transformada las experimentamos en nosotros mismos.

De la misma manera en la que el gusano en la fase de crisálida tenía que ser digerido por sus propias enzimas proteolíticas para poder ser transformado en mariposa, también nuestra identidad ha de ser digerida para que surja una nueva presencia mucho más en línea de quienes somos en realidad-

Resistirnos a estas emociones que estamos experimentando es justo lo contrario de lo que hemos de hacer, ya que resistirse es rechazar, oponerse a aquello que en realidad más necesitamos.

Abrazar estas emociones incómodas no es razonable y, sin embargo, desde la perspectiva de una consciencia más elevada, es justo lo que necesitamos hacer si queremos crecer y evolucionar como personas. Es en estos momentos en los que tenemos que tener la firmeza de seguir adelante, de aceptar nuestro sentir y de abrirnos a experimentarlo completamente, rindiéndonos por completo al proceso sanador que tanto necesitamos.

En estos momentos de dolor e, incluso, de amargura pueden existir unas gotas de alegría y entusiasmo al comprender que tras la confusión viene la claridad y que después de la noche más oscura aparece el más bello amanecer. Si conseguimos salir de ese espejismo creado por unas emociones que lamentablemente están la mayor parte de las veces al servicio de nuestra estrecha identidad y de nuestra más que limitada consciencia, nos daremos cuenta de que, cuando nuestra consciencia deja de identificarse con nuestra identidad, con esa definición que hemos hecho de nosotros mismos, accedemos de manera inmediata a nuevas posibilidades para nosotros y nuestras vidas.

Unas posibilidades que antes permanecían ocultas. Es algo así como contemplar las cosas desde un lugar más elevado, con lo cual vemos lo que no se puede ver a ras del suelo.

La búsqueda de uno mismo, de quién se es en realidad, es siempre un acto de heroicidad que implica aprender a superarse a sí mismo una y otra vez, para poco a poco ir expandiendo los límites de la propia identidad. Sólo de esta manera podemos llegar a descubrir lo extraordinario en lo ordinario.

El propio Einstein decía que «en la vida o nada es un milagro o todo es un milagro». Hay dimensiones ocultas de la realidad que sólo se manifestarán una vez que hayamos superado nuestra oscura noche del alma. Nuestros sentidos podrán captar elementos de esa realidad que previamente quedaban tapados por nuestra mente enjuiciadora.

«En el momento en el que nos sentimos perdidos, confusos y frustrados, es esencial que colaboremos conscientemente con el proceso de transformación.»

Es el momento de recordar aquellas palabras que pronunció Nelson Mandela y que escribió Marianne Williamson, en las que decía que el hombre no tiene miedo a su oscuridad, sino a su luz. En el momento en el que nos sentimos perdidos, confusos y frustrados, es esencial que colaboremos conscientemente con el proceso de transformación, y para ello hay varias cosas que podemos hacer, porque todas ellas tienen un impacto en nuestras emociones.

· Mantengamos una postura y unos gestos que transmitan que estamos experimentando un proceso victorioso y no una derrota. Los hombros caídos, la espalda encogida y el pecho retraído son leídos por el cerebro como si algo fuera mal y refuerzan las emociones disfuncionales. Lo mismo ocurre con las caras tristes y el tono de voz apagado. Movámonos con vitalidad, hablemos con entusiasmo y transmitamos pasión en nuestra mirada.

· Durmamos al menos siete horas diarias porque, durante el sueño, el inconsciente sigue trabajando para sacar a la luz lo que ha de salir.

· Procuremos comer con moderación y hagamos cenas ligeras.

· Rompamos el hábito sedentario y hagamos ejercicio físico al menos cinco días a la semana, durante media hora cada día. El ejercicio físico tiene, como ya hemos visto, la capacidad de reducir muchas de nuestras emociones disfuncionales.

· Practiquemos la meditación mindfulness durante diez minutos dos veces al día, hasta llegar poco a poco a veinte minutos dos veces al día.

· Valoremos lo que nos está sucediendo como una gran oportunidad para nuestro crecimiento y evolución.

· No perdamos el tiempo haciéndonos preguntas como: «¿Por qué me siento tan mal?», «¿Qué puedo hacer para sentirme mejor?», «¿Cuál es el origen de lo que siento?». Estas preguntas son una trampa para que lleve mi atención a las emociones y siga atrapado por ellas. 

Preguntas distintas, como: «¿Qué hay de estupendo en lo que me está pasando?», «¿Cómo puedo colaborar aún más en mi proceso de transformación?» o «¿Qué es lo extraordinario que voy a descubrir?» hacen que nuestra atención se posicione en la búsqueda del camino de salida y no se quede envuelta en una serie de disquisiciones que no llevan a ningún sitio y que lo único que hacen es mantenernos atrapados.

Cualquier proceso de transformación lleva un tiempo diferente en cada ser humano y sucede cuando menos lo esperamos. Lo único que podemos hacer es allanar el camino y esperar victoria. Es así como obtendremos victoria.

Si queremos experimentar mayor energía y vitalidad, hemos de tener presentes todas nuestras dimensiones, la cognitiva, la emocional, la corporal y la espiritual, porque todas ellas están interconectadas.

Cuando nos damos cuenta de que en realidad somos el espectador que contempla la película, entonces nos estamos identificando con nuestra verdadera esencia, con lo que somos en realidad.

Éste es el plano del ser: hemos trascendido el personaje y nos hemos encontrado con nuestra verdadera naturaleza que es espiritual. Es esta distancia del drama lo que le permite mantener una serenidad y una ecuanimidad sea lo que sea lo que ve en la pantalla. Por eso, hay personas que ante las circunstancias más duras no pierden ni su equilibrio ni su paz interior.


Cuando uno despierta a lo que es su verdadera identidad, su verdadera naturaleza, se abren múltiples posibilidades:

- Desde esta dimensión, se experimenta el dolor, pero no el sufrimiento. Hay dolor cuando hay una pérdida, pero no se piensa reiteradamente en una cosa hasta que le arruina a uno la vida.

- Hay un desapego emocional que significa lo siguiente: uno puede experimentar la emoción, pero sin quedar atrapado en ella.

- Hay una percepción diferente de la realidad y se ven muchas cosas que antes no se veían y se oyen cosas que antes no se podían oír.

- Se ve la profunda interconexión de todo con todo y desaparece la ilusión de separación. De alguna manera descubro que el daño que hago a otros se vuelve contra mí, y que el daño que hago a la Tierra, me lo estoy haciendo a mí mismo.

- Se da un paso más allá de lo que Einstein mostró. En la nueva Tierra desaparece la ilusión del tiempo y sólo existe un presente continuo, sólo está el aquí y ahora.

- Existe una sensación de paz y de serenidad imperturbable, incluso cuando en el plano de la identidad se estén experimentando unas circunstancias muy duras.

- Existe libertad de elegir, porque uno ha trascendido sus hábitos, sus reacciones automáticas, sus automatismos, sus patrones habituales de respuesta.

- Se tiene la claridad para comprender el sufrimiento que acarrea vivir atrapado en el plano de la identidad y, por eso, existe no sólo una profunda compasión, es decir, una comprensión del sufrimiento de los demás y del origen de su conducta, sino que se alcanza una capacidad de perdón que no se puede lograr desde el plano de la identidad.

- No existe lenguaje. Es por eso que los que han experimentado destellos de esta nueva Tierra o viven de forma habitual en ella, pueden orientar, explicar y describir, pero no pueden transmitir por medio del lenguaje la experiencia de estar allí.

- Se experimenta el amor incondicional, porque desde este ángulo sólo se percibe la belleza en los otros, aunque se comprenda que en el plano de la identidad esta belleza se encuentra muchas veces tapada por capas de fealdad.

- No existen las formas y, sin embargo, se tiene acceso a la capacidad de crear y manifestar todo tipo de formas en ese plano de la realidad en el que se mueve nuestra identidad.

- Hay un nivel extraordinario de inteligencia y de sabiduría y, por eso, existe un nivel de claridad incomprensible e inaccesible desde el plano de la identidad.

Cuando una persona deja de identificarse plenamente con su mente, con sus pensamientos, juicios, valoraciones y emociones, comprende que es algo más, mucho más que sus ideas y sus opiniones. Entonces empieza a comprender qué es lo que hay detrás de la expresión «yo soy».

Dr. Mario Puig