La persona está hecha de cualidades, y sólo de cualidades. Yo soy una expresión de mi ser espiritual, de mi inteligencia-energía-afectividad, por lo tanto, todo lo que yo soy es un modo de expresión de esto, lo cual es totalmente positivo.
Todo el secreto de mi felicidad consiste en que yo desarrolle esto plenamente y tome conciencia de lo que hay en el Centro. Y cuando yo trato con otra persona, he de poder ver su naturaleza, la cual está hecha de estas mismas cualidades que están en curso de expresión. La cual podrá ser más completa o menos completa, pero todo lo que hay en ella es expresión de cualidades, aunque esta expresión pueda ser muy baja en relación a su potencial; pero sigue siendo la expresión de cualidades.
He de poder ir más allá de mis ideas de las personas y de lo más inmediatamente aparente de ellas para poder ver esa realidad.
Lo que la persona expresa es generalmente una caricatura de sus posibilidades; es solamente un esbozo de lo que realmente la persona puede y ha de llegar a ser.
Cuando yo aprendo, no a ver el esbozo con sus defectos y limitaciones, sino el modelo perfecto que ya está dentro, cuando puedo ver el árbol dentro de la semilla, entonces estoy ayudando a que ese árbol se desarrolle mucho más rápidamente.
Entonces ya no juzgaré a la persona por sus palabras y sus gestos, sino que aprenderé a verlos como un símbolo, como un signo de algo mucho mayor, lo cual es lo que da sentido a cada palabra y a cada gesto. Entonces realmente entiendo a la otra persona desde el mundo de sus motivaciones profundas, desde el mundo interno que la está empujando a vivir, a hacer las cosas; y es cuando yo puedo relacionarme en esa dimensión más profunda y la otra persona se siente profundamente comprendida y aceptada.
Naturalmente, yo puedo descubrir y estimular eso mayor en el otro cuando lo vivo en mí. Así la relación humana se convierte siempre en algo creativo, en una vivencia constante que ayuda al otro y me ayuda a mí.
A. Blay
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